Principios Generales


(Extracto del libro Estatuto de la Tercera Orden San Pío de Pietrelcina)

 

[25] Nuestra espiritualidad nace del Inmaculado Corazón de María, en Ella y por Ella intenta empaparse, por todos los poros, de Jesucristo, el Verbo hecho Carne para nuestra Redención. Desde el Corazón de Jesucristo, impregnado de Misericordia, referimos todo al Padre en el Espíritu Santo. Esto es: del Inmaculado Corazón de María, pasando por el Corazón Misericordioso y abierto de Cristo, al seno de la Santísima Trinidad. 

 

[26] Advertimos seriamente a todos los miembros de FRICyDIM que se ciñan estrictamente a la doctrina de Jesucristo propuesta por nuestra Santa Madre Iglesia, absolutamente en todo “para que no seamos niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error” (Ef. 4, 14). Porque en el campo donde debemos trabajar brillan constantemente, y por todas partes, luces que van y vienen. Ellas nada tienen que ver, muchas veces, con la Luz verdadera que vino a este mundo (cf. Jn. 1, 9), Jesucristo Nuestro Señor, sino que se tratan de pobres y débiles luciérnagas. 

 

“Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre. No os dejéis seducir por doctrinas varias y extrañas” (Heb. 13, 8-9), y “todo el que se excede y no permanece en la doctrina de Cristo, no posee a Dios. El que permanece en la doctrina, ése posee al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros y no es portador de esta doctrina, no le recibáis en casa ni le saludéis, pues el que le saluda se hace solidario de sus malas obras” (2 Jn. 9-11). 

 

[28] ... A los miembros de FRICyDIM les exhortamos: “proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas” (2 Tim. 4, 2-4). La buena doctrina hace milagros por sí misma; ella brilla constantemente en su esplendor y por el solo hecho de presentarla como es, se convierte en causa de admiración, amor y verdadera conversión, como sucedió con el procónsul que “creyó, impresionado por la doctrina del Señor” (Hech 13, 12). Por tanto, “guardaos, de la levadura de los fariseos y saduceos” (Mt 16, 11). 

 

Respirar con los dos pulmones

 

[29] El conocimiento de la espiritualidad oriental nos hará asimilar mejor las riquezas espirituales que ella encierra, siempre en el respeto de las legítimas diferencias. Esto nos llevará a vivir mejor la espiritualidad occidental y, en definitiva, nos suministrará una solidez y riqueza mayores, ya que no respiraremos sólo con un pulmón sino con los dos, imagen que gustaba utilizar Juan Pablo II.

 

[30] Y de esta manera, “con el propósito de transfigurar el mundo y la vida en espera de la definitiva visión del rostro de Dios, el monacato oriental da la prioridad a la conversión, la renuncia de sí mismo y la compunción del corazón, a la búsqueda de la ‘esichia’, es decir, de la paz interior, y a la oración incesante, al ayuno y las vigilias, al combate espiritual y al silencio, a la alegría pascual por la presencia del Señor y por la espera de su venida definitiva, al ofrecimiento de sí mismo y de los propios bienes, vivido en la santa comunión del cenobio o en la soledad eremítica. 

Occidente ha practicado también desde los primeros siglos de la Iglesia la vida monástica y ha conocido su gran variedad de expresiones tanto en el ámbito cenobítico como en el eremítico. En su forma actual, inspirada principalmente en san Benito, el monacato occidental es heredero de tantos hombres y mujeres que, dejando la vida según el mundo, buscaron a Dios y se dedicaron a Él, ‘no anteponiendo nada al amor de Cristo’. Los monjes de hoy también se esfuerzan en conciliar armónicamente la vida interior y el trabajo en el compromiso evangélico por la conversión de las costumbres, la obediencia, la estabilidad y la asidua dedicación a la meditación de la Palabra (lectio divina), la celebración de la liturgia y la oración. Los monasterios han sido y siguen siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un signo elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a Dios y las cosas del espíritu, escuelas de fe y verdaderos laboratorios de estudio, de dialogo y de cultura para la edificación de la vida eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de aquella celestial”. Nuestra espiritualidad, sin ser monacal, intenta sin embargo impregnarse del espíritu del mismo. 

 

El aspecto victimal 

 

[31] Deseamos acompañar a Jesucristo víctima en su camino a la Cruz. Reconociéndolo en sus hermanos que sufren en el cuerpo y en el espíritu, de manera particular los que son esclavizados por el mal espíritu. Acompañarlo en la Última Cena, donde su Corazón ardía con ansias de padecer como efecto de su infinito amor por el Padre y por los hombres. En el Huerto de Getsemaní, en su silencio y oración, en “su lucha con Dios” en favor de los hombres, en su aparente abandono, al verse pecador, sin serlo, por cargar con nuestras innumerables culpas. Acompañarlo en la Cruz, donde respiraba en todo momento pensamientos y palabras de misericordia y perdón, continuando su soledad y aparente abandono del Padre, siendo lacerado su Sagrado Corazón, y con el quejido amoroso más conmovedor de la historia: “tengo sed” (Jn. 19, 28). 

 

[32] El Padre envía a su Hijo, el Hijo se ofrece al Padre para ser enviado según Hebreos 10, 5-7: “Por eso, al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- para hacer, oh Dios, tu voluntad!” El Hijo toma un cuerpo para ofrecerse como víctima al Padre, ése es su sacrificio. El Espíritu Santo lo acompañará siempre en este cumplimiento de la Voluntad del Padre: lo impulsa siempre, y lo conduce también al desierto (“Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo” Mt. 4, 1), para hacer penitencia antes de empezar su Vida Pública. Lo impulsa igualmente a realizar el Misterio Pascual. Así el Espíritu, una vez realizada la redención, impulsa a los Apóstoles a predicar, sanar y expulsar demonios “porque yo hago siempre lo que le agrada a él” (Jn. 8, 29); y siempre dispuesto a la voluntad del Padre “¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Heb. 10, 7); “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22, 42); “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc. 23, 46). 

 

[33] Tener compasión de nuestros hermanos es compadecerse, ante todo, con Cristo Víctima en la Cruz. Así como María Santísima se compadeció con su Hijo en la Cruz y con cada uno de nosotros y por nosotros, así, otro tanto deberemos compadecernos nosotros por nuestros hermanos más necesitados de los auxilios espirituales. El sufrimiento de la Madre de Dios fue vivido en la hoguera de su Corazón Inmaculado, cuando se hicieron efectivas al pie de la Cruz las palabras profetizadas por Simeón: “... una espada atravesará tu alma para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones” (Lc. 2, 35). Esos pensamientos de ‘muchos’ (sentido de ‘pro multis’: totalidad) no pueden quedar descubiertos ante Dios, ya que siempre lo están (cf. Sal. 44, 22); se refiere aquí a Ella misma. La espada es el sufrimiento corredentor que como Víctima en unión y dependencia de su Hijo, ofrece al Padre por nosotros. Nadie puede tener acceso al corazón de los hombres, al lugar más recóndito, a lo más profundo del alma, sino sólo Dios. Ni los ángeles pueden conocer el interior del hombre si Dios no se lo da a saber. Pero en la Madre Corredentora, víctima al pie de la Cruz, se da una conquista a través de esa espada de dolor por la cual los corazones de los hombres quedan patentes ante Ella, que conquista siempre en unión y dependencia de su Hijo. A partir de aquí Ella tiene acceso a donde ni los propios ángeles llegan. En su título de Mediadora, conociendo el interior de los hombres y todas sus necesidades, presenta ante su Hijo las súplicas en favor de ellos. Así, en el horno incandescente de amor del Inmaculado Corazón están presentes el amor, las súplicas, los deseos y las inquietudes de todos sus hijos. 

 

[34] No podemos soslayar el Misterio Pascual del Señor, ésta es la “hora” elegida por Dios para el desquite, es el momento de la glorificación de Cristo, que a su vez coincide con la hora de las tinieblas. En la Cruz es derrotado el Maligno y con el poder de la Resurrección la Iglesia triunfa sobre él continuamente. 

 

La luz vence a las tinieblas

 

[35] Consideramos también como formal en la espiritualidad el conflicto luz y tinieblas al estilo joánico. La motivación es llevar la Luz a los lugares recónditos de la Humanidad. Para ello proponemos el icono del desierto, el Tabor, la Cruz, el descenso a lo más profundo del infierno y la Resurrección, para llevar, de esta manera, a la Humanidad, de las tinieblas a la Luz admirable. 

 

[36] Por eso, será imponderable para nosotros leer la interpretación de algunos Padres de la Iglesia sobre estos Iconos que se vivifican en nuestras vidas. De los mencionados, el Icono de Cristo en el desierto, por ejemplo, nos recuerda cuando el tentador se acercó a Jesús (cf. Mt. 4, 1-11). Allí se entabla una lucha entre Cristo y el demonio, que es espiritual, oral, bíblica, teológica y hasta en cierta forma, corpórea. Jesús se prepara espiritualmente para el combate en el desierto con ayuno, oración y silencio. Otra razón importante que nos orienta en la oración contemplativa y luego en la práctica liberadora, es el Icono de la Transfiguración. Esta escena en sí se muestra como un ejemplo de vida contemplativa, en la que sigue, inmediatamente en los relatos evangélicos un exorcismo. Bajando el Señor del monte Tabor, expulsará a un demonio de un joven lunático; expulsión que los discípulos no han podido realizar. Entonces los discípulos le preguntan: “¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle? Les dijo: por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: desplázate de aquí allá, y se desplazará, y nada os será imposible. Esta raza no puede ser lanzada sino por la oración y el ayuno” (Mt. 17, 19-21). Es dable observar la anexión que el Señor hace a esta obra de expulsar demonios con la necesidad de una fe más orante. 

 

[37] Los laicos están llamados, al igual que los religiosos, a contemplar y testimoniar el rostro ‘transfigurado’ de Cristo, y son llamados también a una existencia transfigurada”. Transfiguración que no se puede comparar con la de Moisés, “pues en este aspecto, no era gloria aquella glorificación en comparación de esta gloria sobreeminente. Porque si aquello, que era pasajero, fue glorioso, ¡cuánto más glorioso será lo permanente! Teniendo, pues, esta esperanza, hablamos con toda valentía, y no como Moisés, que se ponía un velo sobre su rostro para impedir que los israelitas vieran el fin de lo que era pasajero. Pero se embotaron sus inteligencias. En efecto, hasta el día de hoy perdura ese mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento. El velo no se ha levantado, pues sólo en Cristo desaparece. Hasta el día de hoy, siempre que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Y cuando se convierten al Señor, se arranca el velo. Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu” (2 Cor. 3, 10-18)... “Y si todavía nuestro Evangelio está velado, lo está para los que se pierden, para los incrédulos, cuyo entendimiento cegó el dios de este mundo para impedir que vean brillar el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios” (2 Cor. 4, 3-4). “Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo” (2 Cor. 4, 6). 

 

 

 

[38] “En el Evangelio son muchas las palabras y gestos de Cristo que iluminan el sentido de esta especial vocación. Sin embargo, para captar con una visión de conjunto sus rasgos esenciales, ayuda singularmente contemplar el rostro radiante de Cristo en el misterio de la Transfiguración. A este ‘icono’ se refiere toda una antigua tradición espiritual, cuando relaciona la vida contemplativa con la oración de Jesús ‘en el monte’. Además, a ella pueden referirse, en cierto modo, las mismas dimensiones ‘activas’ de la vida espiritual, ya que la Transfiguración no es sólo revelación de la gloria de Cristo, sino también preparación para afrontar la cruz. Ella implica un ‘subir al monte’ y un ‘bajar del monte’: los discípulos que han gozado de la intimidad del Maestro, envueltos momentáneamente por el esplendor de la vida trinitaria y de la comunión de los santos, como arrebatados en el horizonte de la eternidad, vuelven de repente a la realidad cotidiana, donde no ven más que a ‘Jesús solo’ en la humildad de la naturaleza humana, y son invitados a descender para vivir con Él las exigencias del designio de Dios y emprender con valor el camino de la cruz”.

 

[39] Así, “el episodio de la Transfiguración marca un momento decisivo en el ministerio de Jesús. Es un acontecimiento de revelación que consolida la fe en el corazón de los discípulos, les prepara al drama de la Cruz y anticipa la gloria de la resurrección. Este misterio es vivido continuamente por la Iglesia, pueblo en camino hacia el encuentro escatológico con su Señor. Como los tres apóstoles escogidos, la Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo, para confirmarse en la fe y no desfallecer ante su rostro desfigurado en la Cruz. En un caso y en otro, ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio y envuelta por su Luz. Esta Luz llega a todos sus hijos, todos igualmente llamados a seguir a Cristo poniendo en Él el sentido último de la propia vida, hasta poder decir con el Apóstol: ‘Para mí la vida es Cristo’ (Filip. 1, 21). Una experiencia singular de la Luz que emana del Verbo encarnado es ciertamente la que tienen los llamados a la vida consagrada, pero también los laicos. En efecto, el espíritu de los consejos evangélicos que debe vivir todo fiel cristiano, lo presenta como signo y profecía para la comunidad de los hermanos y para el mundo; encuentran pues en ellos particular resonancia las palabras extasiadas de Pedro: ‘Bueno es estarnos aquí’ (Mt. 17, 4). Estas palabras muestran la orientación cristocéntrica de toda la vida cristiana. Sin embargo, expresan con particular elocuencia el carácter absoluto que constituye el dinamismo profundo de la vocación a la vida contemplativa de todo cristiano: ¡qué hermoso es estar contigo, dedicarnos a ti, concentrar de modo exclusivo nuestra existencia en ti! En efecto, quien ha recibido la gracia de esta especial comunión de amor con Cristo, se siente como seducido por su fulgor: Él es ‘el más hermoso de los hijos de Adán’ (Sal. 45/44, 3), el Incomparable”.

 

[40] “En efecto, en la unidad de la vida cristiana las distintas vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo, ‘que resplandece sobre el rostro de la Iglesia’. A todo fiel se le confía la misión de señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano”.9 Valga esto también para el laico consagrado y para el laico comprometido en la obra de Dios. En el Calvario, en el momento donde la Vida pendía de la cruz luchando con la muerte y “hubo oscuridad sobre toda la tierra” (Mc. 15, 33), comenzaba, sin embargo, a gestarse la aurora luminosa de la vida Nueva. En la cima está la plenitud de la luz. Por la luz a la Luz plena de Cristo (cf. Jn. 8, 12), ese es el camino. La luz vence a las tinieblas. 

 

[41] “Con intuición profunda, los Padres de la Iglesia han calificado este camino espiritual como filocalia, es decir, amor por la belleza divina, que es irradiación de la divina bondad. La persona, que por el poder del Espíritu Santo es conducida progresivamente a la plena configuración con Cristo, refleja en sí misma un rayo de la luz inaccesible y en su peregrinar terreno camina hacia la Fuente inagotable de la luz. De este modo el fiel católico con sinceros deseos de santidad es una expresión particularmente profunda de la Iglesia Esposa, la cual, conducida por el Espíritu a reproducir en sí los rasgos del Esposo, se presenta ante Él resplandeciente, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino santa e inmaculada (cf. Ef. 5, 27). El Espíritu mismo, además, lejos de separar de la historia de los hombres las personas que el Padre ha llamado, las pone al servicio de los hermanos según las modalidades propias de su estado de vida, y las orienta a desarrollar tareas particulares, de acuerdo con las necesidades de la Iglesia y del mundo, por medio de los carismas particulares de cada Instituto”. 

Principios Particulares


Santísima Trinidad

42] La Trinidad es el Misterio Fontal creativo, redentivo y santificativo. Es el Misterio del cual mana como de su fuente y retorna como a su fin (exitus y reditus). Juan Pablo II, como hemos señalado arriba, nos habla sobre los ‘dos pulmones de la cristiandad’. Queremos hacernos eco de este llamado del Romano Pontífice y no tan sólo vivir del Misterio dogmático de la Trinidad Santa; encarnarlo verdaderamente en nuestra Espiritualidad, como muy bien lo hace el mundo Oriental. Vivir del Misterio Trinitario: Padre, Hijo y Espíritu Santo, en sí y en Su in-habitación en nuestras almas. Con tal identificación ‘conformadora’ con el misterio de Cristo, los fieles realizan por un título especial aquella confessio Trinitatis que caracteriza toda la vida cristiana, reconociendo con admiración la sublime belleza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y testimoniando con alegría su amorosa condescendencia hacia cada ser humano. Incluso los consejos evangélicos son, pues, ante todo un don de la Santísima Trinidad. La vida cristiana es anuncio de lo que el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad y su belleza. De esta manera, sin duda alguna, el fiel se convierte en una de las huellas concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina. Pero Dios llama también a los laicos a vivir el espíritu de los Consejos evangélicos. El laico es consagrado a Cristo desde el bautismo, lo que le supone vivir el espíritu de los Consejos evangélicos (cf. LG 42).

 

La pasión de Cristo y el amor a la cruz

[43] Es sumamente importante saber que no hay santo que haya llegado a las cimas de la vida espiritual sin haber meditado frecuentemente la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Es imposible llegar a la unión transformante sin haber abrazado la Cruz que es sello inconfundible del verdadero y auténtico amor en el estado del hombre actual después del pecado original. 

 

[44] Para San Pablo la cruz tiene un primado fundamental en la historia de la humanidad; representa el punto central de su teología, porque decir cruz quiere decir salvación como gracia dada a toda criatura. El tema de la cruz de Cristo se convierte en un elemento esencial y primario de la predicación del Apóstol: el ejemplo más claro es la comunidad de Corinto. Frente a una Iglesia donde había, de forma preocupante, desórdenes y escándalos, donde la comunión estaba amenazada por partidos y divisiones internas que ponían en peligro la unidad del Cuerpo de Cristo, san Pablo se presenta no con sublimidad de palabras o de sabiduría, sino con el anuncio de Cristo, de Cristo crucificado. Su fuerza no es el lenguaje persuasivo sino, paradójicamente, la debilidad y la humildad de quien confía sólo en el “poder de Dios” (cf. 1 Co 2, 1-5). La cruz, por todo lo que representa y también por el mensaje teológico que contiene, es escándalo y necedad. Lo afirma el Apóstol con una fuerza impresionante, que conviene escuchar de sus mismas palabras: ‘La predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios. (...) Quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles’ (1 Co 1, 18-23). San Pablo renunció a su propia vida entregándose totalmente al ministerio de la reconciliación, de la cruz, que es salvación para todos nosotros. Y también nosotros debemos saber hacer esto: podemos encontrar nuestra fuerza precisamente en la humildad del amor y nuestra sabiduría en la debilidad de renunciar para entrar así en la fuerza de Dios. Todos debemos formar nuestra vida según esta verdadera sabiduría: no vivir para nosotros mismos, sino vivir en la fe en el Dios del que todos podemos decir: “Me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

 

[45] Pero es San Luis María G. de Montfort el que mejor expresa este amor a la pasión y a la cruz de nuestro Señor en su “Carta a los Amigos de la Cruz” que todo miembro del Instituto debería leer y meditar íntegramente. 

 

La Eucaristía, prolongación del Misterio de la Encarnación 

[46] La Eucaristía en sus dos aspectos, como sacrificio y como sacramento, es el otro rasgo insustituible y en el cual queremos sumergirnos para transformarnos también en hostias vivas, inmoladas para el sacrificio diario, en unión a la Víctima Una y Única, Cristo Jesús. 

 

[47] Vivir de la fe y el amor a la Eucaristía, sobre todo en la manifestación sagrada de la celebración, teniendo en cuenta la dimensión santa y divina del Sacrificio. La adoración Eucarística unida también a las vigilias serán ocasiones propicias para un singular y profundo amor a Cristo en el misterio Eucarístico.

 

[48] La alta dignidad del misterio Eucarístico nos llevará a una atenta y constante conversión de nuestras almas a Dios, examinando nuestra conciencia diariamente y acercándonos con frecuencia al sacramento de la penitencia (cf. CIC, c. 664), al que procuraremos acceder con la mayor asiduidad posible, con preferencia semanal. “... la Iglesia que se prepara continuamente a la nueva venida del Señor, debe ser la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia. [...] La Eucaristía y la Penitencia toman así, en cierto modo, una dimensión doble, y al mismo tiempo íntimamente relacionada, de la auténtica vida según el espíritu del Evangelio, vida verdaderamente cristiana”. [...] Ni, por otra parte, podremos olvidar jamás las siguientes palabras de San Pablo: ‘Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz’ (1 Cor. 11, 28). Esta invitación del Apóstol indica, al menos indirectamente, la estrecha unión entre la Eucaristía y la Penitencia”.

 

La Divina Misericordia 

[49] La esencia del amor de Cristo es su infinita Misericordia, sin la cual no se entiende el misterio de la Redención. En las entrañas de María Virgen, Dios ha preparado un Corazón capaz de contener el amor infinito de Dios y expresarse de modo humano, de modo sensible. No solamente debemos rendirle culto frecuente a la Divina Misericordia, a través de su imagen y de la devoción de la llamada “Coronilla de la Divina Misericordia”, sino que debemos transmitir ese amor Misericordioso a todos los hombres del mundo, para que, en medio de las miserias y mezquindades de la vida presente, se vea la esperanza viva y cierta del Amor del Padre y la posibilidad real y concreta de poseer la Vida Eterna por la Sangre amorosa de Cristo en la Cruz. 

 

La Santísima Virgen y su Inmaculado Corazón 

[50] La batalla fundamental contra el enemigo de la naturaleza humana comienza al principio con el anuncio de una “Mujer y su linaje” (cf. Gen. 3, 15), en la que ambos aplastarán la cabeza de la serpiente infernal, enemiga de la naturaleza humana. Entre esta Mujer y la serpiente no hay amistad posible, sino ‘perpetua enemistad’. Aparecerá esta lucha nuevamente en el Apocalipsis (cf. Ap. 12, 1 ss.). Ella vence aplastando la cabeza de la serpiente. Pero así como primero concibió en su Corazón al Hijo de Dios antes que en su seno, así también, antes de derrotar con su pie a la serpiente, la derrota con su Corazón. Es allí donde se da la verdadera batalla de la Mujer. Por eso su Corazón es Inmaculado, porque la serpiente no ha tenido parte en él. Y con ese Corazón sin mancha, triunfa sobre los infiernos.

 

[51] “La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su Corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo ‘envolvió en pañales y le acostó en un pesebre’ (Lc. 2, 7)”.

 

[52] “Es precisamente María Santísima la que ‘vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: ‘Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón’ (Lc. 2, 19; cf. 2, 51)”.14 “Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: ‘Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?’ (Lc. 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn. 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la 'parturienta', ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn. 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hech. 1, 14)”.

 

[53] Al estar vinculados esencialmente al Inmaculado Corazón de María, nuestra Familia profesará siempre entrañable amor a la Madre de Dios, expresado en la vida diaria y en las prácticas religiosas, en la que tendrá su lugar especial el rezo atento, afectuoso y sincero del Santo Rosario diario, el cual no deberá faltar nunca. En él revivimos todos los misterios de la vida de Cristo desde el Corazón de María.

 

[54] Ese Amor de María es Misericordioso y se compadece de Cristo, con Cristo y con la Iglesia. El Amor es el que triunfa sobre el odio de Satanás. Amor que es fuego, arde e ilumina. Participamos del Amor derramado por el Espíritu Santo: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom. 5, 5). Ese Amor ha sido derramado primero en María, después en nosotros desde su mismo Corazón, como libación de ungüento precioso y de suave fragancia. 

 

La Santa Madre Iglesia y la Comunión de los Santos

[55]  Siendo Cristo la Cabeza de la Iglesia y todos los creyentes un solo cuerpo, con la Madre de Dios que, al ser Madre de Cristo lo es también de la Iglesia, es necesario que exista una comunión de bienes. El bien de Cristo se comunica así a todos sus miembros y se hace a través de los sacramentos de la Iglesia. La Iglesia es gobernada por un solo y mismo Espíritu, por eso todos los bienes que ella recibe forman un fondo común. 

 

[56] Los tres estados de la Iglesia: militante, purgante y triunfante, ciertamente en diverso grado, participan del mismo amor a Dios y al prójimo. Teniendo el mismo Espíritu formamos una misma Iglesia.

 

[57] Por eso, en este mundo, debemos rezar los unos por los otros. Pero también rezar por los miembros que, habiendo obtenido la gracia de la salvación eterna, no obstante, purifican aún sus culpas, como desde los primeros tiempos del cristianismo se viene haciendo con profunda piedad y veneración ‘pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados’ (2 Mac. 12, 45). “Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor”. Es importante también revalorar y recuperar la presencia y acción del mundo angélico en ayuda de los hombres. En particular los Arcángeles y el Ángel de la Guarda. Así también la intercesión de los santos a nuestro favor. Ellos no dejan de interceder por nosotros y, al estar más íntimamente unidos a Cristo consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad y presentan ante Cristo, Cabeza y Mediador entre Dios y los hombres, los méritos que han adquirido durante su vida en la tierra.

 

[58] “No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida” decía Santo Domingo a sus hermanos, en el momento antes de su partida. Y Santa Teresita del Niño Jesús decía: “Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra”. Así, “... en la única familia de Dios, ‘Todos los hijos de Dios y miembros de una misma familia en Cristo, al unirnos en el amor mutuo y en la misma alabanza a la Santísima Trinidad, estamos respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia’ (LG 51)”.

 

[59] Por eso “el cristiano que quiere purificarse de su pecado y santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra solo. ‘La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística’. En la comunión de los santos, por consiguiente, ‘existe entre los fieles -tanto entre quienes ya son bienaventurados como entre los que expían en el purgatorio o los que peregrinan todavía en la tierra- un constante vínculo de amor y un abundante intercambio de todos los bienes’. En este intercambio admirable, la santidad de uno aprovecha a los otros, más allá del daño que el pecado de uno pudo causar a los demás. Así, el recurso a la comunión de los santos permite al pecador contrito estar antes y más eficazmente purificado de las penas del pecado”.

 

Rasgos de espiritualidad Carmelitana

[65] La Santísima Virgen de Fátima hace el milagro prometido para que todos crean el 13 de octubre de 1917. Luego de la maravillosa danza del sol con todos los prodigios sucedidos, la Santísima Virgen se muestra como la Virgen del Carmen mostrando el escapulario. Remarcando así la importancia del escapulario y su advocación como la virgen del Carmen.

 

[66] Nuestra Familia intenta beber de las fuentes más genuinas y de las mayores riquezas propuestas por la Misa Iglesia. San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila y Santa Teresa de Lisieux, todos Doctores de la Iglesia nos proponen un camino seguro de santidad. Cuando la Iglesia proclama Doctor de la Iglesia significa que hace propia las enseñanzas de ese Doctor en teología. Pasa a ser enseñanza del Magisterio ordinario indirecto. 

 

[67] Es incontable el número de santos que ha generado esta espiritualidad carmelitana que tiene sus orígenes remotos y el entronque perfecto con el profeta Elías, el profeta del Monte Carmelo. 

 

[68] En los siglos XV-XVI hubo cierto relajamiento en diversas comunidades. Aparece en España la figura de Santa Teresa de Jesús para la reforma de las monjas y después de los religiosos, ayudada por San Juan de la Cruz y el P. Jerónimo Gracián. 

Rasgos de espiritualidad Ignaciana 

[69] Lo que nos une a la espiritualidad de San Ignacio son sus Ejercicios Espirituales, en los que el Santo plasma toda su experiencia personal al servicio de las almas y de toda la Iglesia. 

 

[70] San Ignacio mismo en su Autobiografía, hablando en general de las grandes consolaciones e ilustraciones sobrenaturales tenidas en Manresa, donde vivió los ejercicios espirituales que luego escribirá, anota: “en este tiempo le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole..., y siempre ha juzgado que Dios le trataba de esta manera; antes si dudase en esto, pensaría ofender a su divina majestad” (Autobiografía n.27). 

 

[71] En la cueva de Manresa San Ignacio fue agraciado repetidas veces con la visita de la Santísima Virgen. Mientras redactaba las Constituciones, le asistió también la Virgen con mucha frecuencia. Por eso se cree, con justa causa, que los Ejercicios Espirituales fueron de neta inspiración mariana, incluso con directa intervención de la Madre de Dios. 

 

[72] Los Ejercicios Espirituales son “un método práctico para saber vivir la santidad en su grado más perfecto, enseña la santidad pura y total, sacándola de la doctrina y de los ejemplos de Nuestro Señor Jesucristo...”; “llega a compendiar la ascética evangélica cabal y eficazmente, asentándola en las leyes eternas del mundo moral y elevándola hasta la unión vital con Jesucristo y aun con la divinidad misma” (Casanovas, Comentario y Explanación de los Ejercicios., vol.1 p. 29.35). 

 

[76] “ (...) Sería un error diluir los Ejercicios del retiro con innovaciones que (...) reducirían la eficacia de un retiro cerrado. Estas actividades, como dinámicas de grupo, discusiones religiosas y seminarios sobre sociología religiosa, tienen su lugar en la Iglesia, pero ese lugar no está en un retiro cerrado, en el cual el alma, a solas con Dios, generosamente se abre al encuentro con Él y es maravillosamente fortalecida e iluminada" (Pablo VI, Carta al Card. Cushing, 25 de julio de 1969). 

 

[77] Es incontable la cantidad de santos que han hecho los Ejercicios Espirituales. El Papa Pío XI decía de los Ejercicios Espirituales: “en esta palestra habían adquirido o amplificado sus virtudes todos los que han florecido mucho en doctrina ascética o en santidad de vida en los últimos cuatro siglos” (Mens Nostra). 

 

[78] El mismo San Ignacio no dudó en elogiarlos: “son todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender, así para el hombre poderse aprovechar a sí mismo como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos” (MHSI, Epist. S. Ign. I, 112). 

 

[79] En la bula solemne Summorum Pontificum, del 25 de julio de 1922, en la cual Pío XI declara a San Ignacio patrono de todos los Ejercicios Espirituales, de las casas y obras dedicadas a ellos, el Sumo Pontífice no sólo lo afirma por su experiencia personal, sino que había recibido peticiones de 29 cardenales, 122 arzobispos, 497 obispos y 20 prefectos apostólicos; en total 668 jerarcas de la Iglesia. 

 

[80] Terminamos con una frase de nuestro querido Papa San Juan Pablo II: "Espero que (...) sacerdotes, religiosos y laicos continúen siendo fieles a esta experiencia y le den incremento: hago esta invitación a todos lo que buscan sinceramente la verdad. La escuela de los Ejercicios Espirituales sea siempre un remedio eficaz para el mal del hombre moderno arrastrado por el torbellino de las vicisitudes humanas a vivir fuera de sí, excesivamente absorbido por las cosas exteriores; sea fragua de hombres nuevos, de cristianos auténticos, de apóstoles comprometidos. Es el deseo que confío a la intercesión de la Virgen, la contemplativa por excelencia, la maestra sabia de los Ejercicios Espirituales" (Angelus del 16/12/1979). 

Rasgos de espiritualidad Montfortiana 

[81] Nos une a San Luis María Grignion de Montfort no sólo el "Tratado de la Verdadera Devoción" que, a nuestro juicio, es lo mejor que se ha escrito sobre la Santísima Virgen como Tratado en orden a la preparación y consagración a la Santísima Virgen, sino también la "Carta a los Amigos de la Cruz" en la que el Santo deja salir de sí todo su amor a Cristo Crucificado y su deseo de morir por Él, abrazado siempre a la Cruz.

 

Nos instruye acerca del verdadero amor que supone siempre la presencia amorosa de la Santa Cruz de nuestro Señor. Pero también, y de modo particular, porque nos habla de los Apóstoles (y Discípulos y Discípulas) de los últimos tiempos. Apóstoles y Discípulos/as de fuego enteramente enamorados de la Madre de Dios y a su entero servicio. El santo plasma esta idea en una larga oración en la que muestra el espíritu que tiene que animar a todo Apóstol y Discípulo/as de los últimos tiempos: la Oración Abrazada

 

[82] María Santísima en Fátima dijo: “Al final mi Inmaculado Corazón triunfará”. Ella necesita de sus Apóstoles, para que abrasados por el divino amor, enciendan el mundo entero.

 

[83] Imposible pensar en los últimos tiempos y en el triunfo de Cristo sin pensar en el Inmaculado Corazón de María que “al final triunfará” del duro combate. Es la “Puerta abierta” dejada por Dios que nadie, nunca, podrá cerrar, como dice el libro del Apocalipsis: “... mira que he puesto ante ti una puerta abierta que nadie puede cerrar” (3, 8). Se podrán cerrar las puertas de Cristo, de la Iglesia, de los Sacramentos, pero a Ella, “Porta Caeli”, nadie la podrá cerrar.

 

[84] Apóstoles de los últimos tiempos; de los tiempos más difíciles de la historia. Serán asociados a la Santísima Virgen, al Inmaculado Corazón, para la batalla final.

 

Rasgos de espiritualidad Franciscana 

[85] Nos mueve de la espiritualidad Franciscana el desprendimiento, la simplicidad, la alegría y la libertad de los hijos de Dios. La figura principal, además de San Francisco de Asís, la encontramos en San Pío de Pietrelcina: su amor a la Eucaristía como Sacramento y como Sacrificio, su amor a la Pasión del Señor, su amor al sufrimiento, su entrañable amor a la Santísima Virgen, su obediencia, su humildad y su espíritu de oración, canalizada de manera particular por el rezo constante y generoso de varios Rosarios al día. 

 

[86] Este Santo es para nosotros el padre que nos asiste y nos guía en el orden del espíritu. Es nuestro padre espiritual y el inspirador de esta obra. Así lo consideramos. Por eso la Tercera Orden se llama San Pío de Pietrelcina

 

[87] No dudamos que este santo tenga un protagonismo único y particular en la historia de la Iglesia. Y no dudamos en afirmar que es uno de los santos más grandes que ha tenido la Iglesia. 

 

Formación natural y sobrenatural

 

Se buscarán una formación integral en el orden natural y sobrenatural, teniendo en cuenta que la gracia supone la naturaleza y que las virtudes humanas son llevadas a perfección por la gracia. Lo adquirido por esfuerzo es asistido y completado por lo infuso; lo humano por lo divino. Llevar a plenitud el aspecto humano para que lo divino entre en suave consorcio y, de esta forma, se llegue en seguro camino a la santidad. Seguiremos a Santo Tomás de Aquino en su formación filosófica y teológica, como doctrina segura, teniendo en cuenta la recomendación de la Santa Madre Iglesia. Siempre será libro básico para fundamentar toda nuestra formación como laicos el Catecismo de la Iglesia Católica.

Nuestros Amores Blancos


Eucaristía

Porque es la presencia verdadera, real y sustancial del Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo. Es presencia viva. Es la fuente y culmen de la vida cristiana. Es la prolongación de la Encarnación del Verbo. Es estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt. 28, 19), de modo verdadero, real y sustancial. Por eso estaremos con Él. Creeremos en Él, le adoraremos, esperaremos y le amaremos con todo nuestro ser, por nosotros mismos y por quienes no lo hacen.


Virgen María

La Virgen María tendrá un lugar especial porque ante todo es "la Madre de Dios" (Lc.1, 43). Es también nuestra Madre, la Nueva Eva, la Corredentora, nuestra Abogada, Mediadora universal de todas las gracias, Reina, Auxiliadora, la Mujer del Génesis que aplastó la cabeza de Satanás (cf. Gn, 3, 15), la Mujer del apocalipsis (cf. Ap. 12, 1-6) que prepara y dispone venciendo al dragón la segunda venida de su Hijo, y porque es Corazón del Corazón de Cristo, porque "guardaba y meditaba todo en su Corazón" (Lc. 2, 19), porque nos ordena hacer lo que Cristo diga (cf. Jn. 2, 5). Porque es Virgen (cf. Is. 7,14) y Madre (cf. Lc. 2,7), porque es Inmaculada desde el momento de la concepción, porque está "llena de gracia" (Lc. 1, 28), porque está ya en cuerpo y alma en el cielo esperando nuestro arribo.


El Papa

La Virgen María tendrá un lugar especial porque ante todo es "la Madre de Dios" (Lc.1, 43). Es también nuestra Madre, la Nueva Eva, la Corredentora, nuestra Abogada, Mediadora universal de todas las gracias, Reina, Auxiliadora, la Mujer del Génesis que aplastó la cabeza de Satanás (cf. Gn, 3, 15), la Mujer del apocalipsis (cf. Ap. 12, 1-6) que prepara y dispone venciendo al dragón la segunda venida de su Hijo, y porque es Corazón del Corazón de Cristo, porque "guardaba y meditaba todo en su Corazón" (Lc. 2, 19), porque nos ordena hacer lo que Cristo diga (cf. Jn. 2, 5). Porque es Virgen (cf. Is. 7,14) y Madre (cf. Lc. 2,7), porque es Inmaculada desde el momento de la concepción, porque está "llena de gracia" (Lc. 1, 28), porque está ya en cuerpo y alma en el cielo esperando nuestro arribo.