Oraciones que todo miembro de FRICyDIM debe hacer


Oraciones enseñadas por el ángel a los pastorcitos de Fátima:

 

"¡Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!"

 

"Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Os adoro profundamente y Os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y divinidad de Jesucristo, presente en todos los Sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, os pido la conversión de los pobres pecadores".

Oración diaria de la Tercera Orden

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que eres un sólo Dios verdadero. Te doy gracias por tu infinito amor y el designio de la creación. Por haberme pensado y querido desde toda la eternidad. Te glorifico, Padre Santo, por la obra sapiencial y misericordiosa de la Encarnación de tu amado Hijo. Porque haciéndose uno como nosotros en todo, menos en el pecado, y habiéndose despojado de la condición divina, haciéndose pobre por nosotros, nos ha enriquecido con su Sangre.

 

Señor, Jesús, de muchas maneras y a través de diversas circunstancias glorificas tu nombre y manifiestas tu bondad y amor a los hombres. Nos has lavado con la sangre y el agua que manaron de tu costado y nos ofreces tu infinita Misericordia. Y para confirmar nuevamente esta gracia de tu bondad, has manifestado a Santa Faustina las riquezas de tu insondable e inconmensurable amor.

 

Amado Jesús, siempre has querido glorificar a tu Santa Madre, pero de manera particular lo haces en estos tiempos, que son tiempos de espera de tu majestuosa venida en gloria y poder. Fue en Fátima donde has decidido hacer conocer el secreto sagrado del poder y el amor del Inmaculado Corazón de tu Santísima Madre afirmando, a través de Ella misma, que al final ese Inmaculado Corazón triunfará.

 

A su vez, en tu Misericordia y Providentes designios, has asociado este triunfo a nuestras insignificantes personas. Has querido manifestar a tus hijos un nuevo carisma en tu amada Iglesia. En efecto, nunca dejas de suscitar carismas en momentos oportunos. Ahora nos toca a nosotros responderte con fidelidad y entrega generosa. Es por eso que acudimos a Ti para elevar una ardiente súplica por este nuestra Familia Religiosa, al servicio del triunfo del Inmaculado Corazón de María.

 

Te pedimos por los Apóstoles del Inmaculado Corazón y la Divina Misericordia, la rama masculina de FRICyDIM, para que sean verdaderos Apóstoles, como los soñó y profetizó en su momento San Luis María Grignion de Montfort en la Oración Abrasada. Santifícalos y sostenlos en sus debilidades y limitaciones. Que siempre te vean a Ti en esta obra y no se vean ellos mismos, que son meros instrumentos de tu amor. A Ti sólo la Gloria por siempre.

 

Te pedimos también, por las Discípulas del Inmaculado Corazón y la Divina Misericordia, la rama femenina de FRICyDIM, para que, asimismo, ardan en profundo deseos de santidad. Que sean fieles reflejos del Inmaculado Corazón. Que todos los que las vean solo reconozcan la infinita bondad de Dios, el rostro de tu amado Jesús, su amor misericordioso y la presencia amorosa de su Santa Madre.

 

Finalmente, también te pedimos por la Tercera Orden del Inmaculado Corazón y la Divina Misericordia, la rama de los laicos que tiene como patrono a San Pío de Pietrelcina, asociados, comprometidos y consagrados. Rama que nuclea a todos los laicos que quieren hacer esta obra, en unión con los sacerdotes y religiosas y en directa respuesta a tu llamado. Queremos entregarnos sin reservas y con vehementes deseos de santidad.

 

Anhelamos ser uno contigo. Entregamos toda nuestra vida para que se extienda el amor de Dios y se conviertan los pecadores. Para que Tú reines en el corazón de cada hijo tuyo.

 

Señor, suscita santos y numerosas vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales en esta Familia Religiosa que nace por tu designio amoroso.

 

Que toda la Iglesia se sienta solidaria con esta Familia que nació de sus entrañas y se dispone a extenderse por todas partes como semilla esparcida por Ti.

 

Amado Jesús, nos consagramos a tu Divina Misericordia en una ciega e ilimitada confianza en tu infinito amor.

 

Inmaculado Corazón de María, nos consagramos igualmente a Ti y nos ponemos en entera disposición de tu santa voluntad sobre nosotros, sabiendo que se harán efectivas las promesas que has hecho a los que honren, desagravien y se consagren a tu Inmaculado Corazón: “Les prometo la salvación y serán queridas de Dios, estas almas, como flores puestas por mí para adornar su Trono”.

 

San José, esposo casto de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús, danos la fidelidad, la justicia y la entrega silenciosa que te han caracterizado siempre a ti y concédenos morir en los brazos de Jesús y María.  

 

San Pío de Pietrelcina, nos confiamos a tu espiritual paternidad y unimos nuestros deseos y sentimientos a los tuyos, buscando imitar tu ejemplo de vida, tu ardiente amor a la Eucaristía, a la Virgen María y al Papa.

  • Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.
  • Jesús de la Divina Misericordia, en Ti confío.
  • Inmaculado Corazón de María, sé la salvación del alma mía.
  • Divino Niño Jesús, bendícenos.
  • San José, ruega por nosotros.
  • San Juan Apóstol, ruega por nosotros.
  • San Pablo Apóstol, ruega por nosotros.
  • San Elías profeta, ruega por nosotros. 
  • San Benito Abad, ruega por nosotros.
  • San Francisco de Asís, ruega por nosotros.
  • Santo Tomás de Aquino, ruega por nosotros.
  • Santa Teresa de Ávila, ruega por nosotros.
  • San Juan de la Cruz, ruega por nosotros.
  • San Juan Diego, ruega por nosotros.
  • San Ignacio de Loyola, ruega por nosotros.
  • San Luis María Grignion de Montfort, ruega por nosotros.
  • San Juan Eudes, ruega por nosotros.
  • Santa Margarita María de Alacoque, ruega por nosotros.
  • Santa Teresita del Niño Jesús, ruega por nosotros.
  • San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.
  • Santa Faustina Kowalska, ruega por nosotros.
  • San Juan PabloII, ruega por nosotros.
  • Santa María de Jesús Crucificado, ruega por nosotros.
  • Santa Teresa de Calcuta, ruega por nosotros.
  • Beato Francisco Palau Qüer, ruega por nosotros.
  • Santa Jacinta Marto, ruega por nosotros.
  • San Francisco Marto, rueguen por nosotros.
  • Sierva de Dios, Sor Lucía Jesús del Inmaculado Corazón, ruega por nosotros.
  • San Miguel, Gabriel y Rafael, rueguen por nosotros.
  • Todos los santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.

Oración de liberación por la Iglesia

 

 

Dios Todopoderoso, por la Sangre y al Agua que vertieron del costado abierto de tu amado Hijo, "dormido" en la Cruz, te pedimos que liberes a la Iglesia entera y a cada uno de sus miembros, de las acechanzas del demonio. Que esta Sangre y Agua vuelvan a bañar y a lavar a todas las ovejas de este único redil de tu Hijo.

 

Oh Señor Jesús, por tu sagrada Pasión y tu Divina Misericordia, haz retroceder a Satanás y a todos los espíritus malignos de la jerarquía de la Iglesia y de todos sus miembros y que ninguno caiga en las redes del mal.

 

Inmaculado Corazón de María, pisa nuevamente la cabeza de la serpiente que se levanta soberbia y amenazante sobre tus hijos. Destruye la obra de Satanás. Expúlsalo de la Iglesia de tu amado Hijo Jesús. Libera a los posesos, a los vejados y obsesos. Expulsa, ¡oh Mujer profetizada en el Génesis y el Apocalipsis!, a las fuerzas del mal de todos los lugares y espacios por donde vivimos y circulamos los hombres. De manera particular, expúlsalos del corazón de cada uno de tus hijos y del seno de las familias.

 

San Miguel Arcángel, desenvaina la espada de la justicia y despliega tu poder en favor de la Iglesia en general y en favor de cada uno de nosotros. Que Satanás no avance, sino que retroceda por tu poder y acción. Te imploramos, confiados en que combatirás como cuando expulsaste de la presencia de Dios a los ángeles que se rebelaron ante el Plan divino.

 

San José, poderoso patrono de la Iglesia y defensor contra los espíritus malignos, acude en ayuda de tus hijos. Expulsa de esta Familia Religiosa y de toda la Iglesia a la serpiente que se yergue soberbia con pretensiones malignas.

 

San Benito, quita y aleja de nosotros, de nuestros pensamientos, palabras y obras, toda acción de Satanás. Que nuestras obras queden limpias y exorcizadas por tu presencia y poder.

 

San Pío de Pietrelcina, tú que has sido golpeado y lastimado por el demonio durante tu vida en la tierra, no permitas que la Iglesia sufra los golpes y sacudidas sobre ella misma y sobre cada uno de sus miembros. Sal en defensa nuestra, te lo pedimos por el amor y la obediencia que siempre le has profesado a la Iglesia.

 

Beato Francisco Palau Qüer, alcánzanos lo que siempre has querido y deseado: la liberación de toda la Iglesia en todos sus miembros y en la misma institución, para que Dios sea glorificado en ese triunfo que se dará por el Inmaculado Corazón de María, y que consiste en el triunfo de la infinita Misericordia de Dios en el corazón de todos los hombres.

 

Amén.  

Oraciones para ser dichas al final de cada Santa Misa en FRICYDIM

Alma de Cristo

 

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh, buen Jesús!, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Y mándame ir a Ti,

Para que con tus santos te alabe,

Por los siglos de los siglos. Amén.

 

(Esta oración dicha después de comulgar tiene indulgencia)


 

 

Consagración al Inmaculado Corazón de María

 

Inmaculado Corazón de María: ¡Cómo me regocijo en ser tu siervo y esclavo de amor! Te entrego y consagro mi cuerpo y mi alma, con todos mis bienes exteriores e interiores, naturales y sobrenaturales, pasados, presentes y futuros.

 

¡Madre mía! Yo renuncio a mi propia voluntad, a mis pecados, a mis disposiciones e intenciones: quiero únicamente lo que Tú quieres; me arrojo en tu purísimo Corazón abrasado de amor, perfectísimo molde al que debo ajustarme; en él me escondo y me anonado, para orar, obrar y sufrir siempre contigo, en Ti por Ti y para Ti, a la mayor gloria de Jesucristo, tu divino y misericordioso Hijo, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

 

Amén.

ORACIÓN A SAN MIGUEL ARCÁNGEL

 

San Miguel Arcángel,

defiéndenos en la batalla,

sé nuestro amparo contra la perversidad

y acechanza del demonio.

reprímale Dios, te pedimos suplicantes

y tú, príncipe de la milicia celestial

arroja al infierno, con el divino poder,

a Satanás y a los demás espíritus malignos

que andan dispersos por el mundo

para la perdición de las almas.

 

Amén.

 

ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

 

 

Señor Dios, Padre Celestial, tu Hijo Jesucristo nos dijo: “La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Pidan al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”, porque Tú quieres que no falten hoy día, hombres y mujeres de fe, que consagren sus vidas al servicio del evangelio y al cuidado de la Iglesia.

 

Animados por estas enseñanzas, te pedimos que envíes a nuestro Instituto FRICyDIM, a la diócesis de Tuxtla Gutiérrez y a toda tu Iglesia, numerosas y santas vocaciones para el sacerdocio, la vida religiosa y el apostolado laical.

 

Consérvalos fieles en su ministerio hasta el fin; y concédeles, por tu Espíritu Santo, un gran amor a Dios y a los hermanos, para que en su ministerio y en su vida busquen solamente tu gloria. Haz que tu Espíritu Santo ilumine los corazones, y fortalezca las voluntades de tus fieles, para que, acogiendo tu llamado, lleguen a ser los Sacerdotes y Diáconos, Religiosos, Religiosas y Consagrados que tu Esposa, la Iglesia, necesita en estos tiempos difíciles. La cosecha es abundante, y los operarios pocos. Envía, Señor, operarios a tu mies.

 

Amén.


Oración abrasada 

De San Luis María Grignon de Montfort

 

 

Memento, Domine, congregationis tuae quam possedisti ab initio (Sal. 73, 2): Acuérdate, Señor, de tu congregación, que hiciste tuya desde toda la eternidad, pensando en ella en tu mente ab initio (Sal. 73, 3); que hiciste tuya en tus manos, cuando sacaste el mundo de la nada, ab initio; que hiciste tuya en tu corazón, cuando tu querido Hijo, muriendo en la Cruz, la regaba con su Sangre y la consagraba por su muerte, confiándola a su Santa Madre. 

 

“Escucha, Señor, los designios de tu Misericordia; suscita los hombres de tu diestra, tales como los has mostrado dando conocimiento profético de ello a algunos de tus mayores siervos: a un San Francisco de Paula, un San Vicente Ferrer, una Santa Catalina de Siena y a tantas otras grandes almas en el último siglo pasado, y aun en éste en que vivimos. 

 

“Dios Todopoderoso, acuérdate de esta Compañía aplicando a ella todo el poder de tu brazo, que no está acortado; para sacarla a la luz y para llevarla a su perfección. Renueva los antiguos prodigios y repite los portentos (Eclo. 36, 6). Sentiamus adiutorium brachii tui. ¡Oh Dios soberano, que de las piedras toscas puedes hacer otros tantos hijos de Abraham!, di como Dios una sola palabra, para enviar buenos obreros a tu mies y buenos misioneros a tu Iglesia. 

 

“Dios de bondad, acuérdate de tus antiguas misericordias, y por estas mismas misericordias, acuérdate de esta Congregación: acuérdate de las promesas reiteradas que nos has hecho por tus profetas y por tu mismo Hijo, de oírnos en nuestras justas peticiones. Acuérdate de las plegarias que tus siervos y tus siervas te han hecho sobre este asunto desde hace tantos siglos: que sus anhelos, sus gemidos, sus lágrimas, la sangre por ellos derramada lleguen a tu presencia para solicitar poderosamente tu misericordia. Pero acuérdate, sobre todo, de tu querido Hijo: mira y contempla el rostro de tu Cristo (Sal. 83, 10). Su agonía, su confusión y su llanto amoroso en el Huerto de los Olivos cuando dice: ¿Qué provecho hay en mi sangre? (Sal. 29, 10); su muerte cruel y su sangre derramada te gritan a voces ¡Misericordia!, a fin de que por medio de esta Congregación sea establecido su imperio sobre las ruinas del de sus enemigos. 

 

“Acuérdate, Señor, de esta comunidad en los efectos de tu justicia. Vendrán tiempos, Señor, en que despreciarán tus leyes (Sal. 118, 126). Es tiempo de hacer lo que has prometido. Tu divina ley es quebrantada; tu Evangelio, abandonado; torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran a tus mismos siervos; toda la tierra está desolada; la impiedad está sobre el trono; tu santuario es profanado y la abominación se halla hasta en el lugar santo. ¿Lo dejarás abandonado así todo, Señor Justo, Dios de las venganzas? ¿Vendrá todo, al fin, a ser como Sodoma y Gomorra? ¿Callarás siempre? ¿Aguantarás siempre? ¿No es menester que tu voluntad se haga en la tierra como en el cielo y que venga tu reino? ¿No has mostrado de antemano a algunos de tus amigos una renovación futura de tu Iglesia? ¿No han de convertirse a la verdad los judíos? ¿No es esto lo que espera tu Iglesia? ¿No te piden a gritos todos los santos del cielo Justicia: vindica (cf. Ap. 6, 10)? ¿No te dicen todos los justos de la tierra: Amen, ven Señor (Ap. 22, 20)? Las criaturas todas, aun las más insensibles, gimen bajo el peso de los pecados innumerables de Babilonia y piden tu venida para restaurar todas las cosas.

 

“Señor Jesús, acuérdate de tu Congregación. Acuérdate de dar a tu Madre una nueva Compañía, para renovar por Ella todas las cosas y para acabar por María los años de la gracia, como has comenzado por Ella. 

 

“Dad hijos y siervos a tu Madre (cf. Gn 30, 1); si no, yo muero.

 

“Dame a tu Madre. Es por Ella por la que yo te lo pido. Acuérdate de sus entrañas y de sus pechos, [de su Inmaculado Corazón, lugar de tu refugio primario y esencial], y no me rechaces; acuérdate de que eres su Hijo y escúchame; acuérdate de lo que Ella es para Ti y de lo que Tú eres para Ella, y cumple mis deseos. 

 

“¿Qué es lo que te pido? Nada en mi favor, todo para tu gloria. 

 

“¿Qué es lo que te pido? Lo que Tú puedes, y aun, me atrevo a decirlo, lo que debes concederme, como Dios verdadero que eres, a quien se ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, y como el mejor de todos los hijos, que amas infinitamente a tu Madre. “¿Qué es lo que te pido? Sacerdotes libres con tu libertad, descarnados de todo, sin padre, sin madre, sin hermanos, sin hermanas, sin parientes según la carne, sin amigos según el mundo, sin bienes, sin estorbos, sin cuidados y aun sin voluntad propia. 

 

“Libres: esclavos de tu amor y de tu Voluntad; hombres según tu corazón, que sin voluntad propia que los manche y los detenga, cumplan toda su voluntad y arrollen a todos sus enemigos, como otros tantos nuevos Davides, con el báculo de la cruz y la honda del Santo Rosario en las manos: in baculo, Cruce; et in virga, Virgine. 

 

“Libres: como nubes elevadas de la tierra y llenas de rocío celeste, que sin impedimento vuelan por todas partes según el soplo del Espíritu Santo. Son ellos, en parte, los que conocieron tus profetas cuando preguntaban: ¿Quiénes son estos que vuelan como nubes? (Is. 9, 8)? A dónde les impelía el Espíritu, sin volverse para atrás (Ez 1, 12). 

 

“Libres: hombres siempre a tu mano. Prontos siempre a obedecerte, a la voz de sus superiores, como Samuel (I Rey. 3, 16); prestos siempre a correr y a sufrirlo todo contigo y por Ti, como los Apóstoles: Vayamos y muramos con Él (Jn 11, 16). 

 

“Libres: verdaderos hijos de María, tu Santa Madre, engendrados y concebidos por su Caridad [en su Inmaculado Corazón], llevados en su seno, pegados a sus pechos, alimentados con su leche, educados por sus cuidados, sostenidos por su brazo y enriquecidos de sus gracias. 

 

“Libres: verdaderos siervos de la Virgen Santísima, que, como otros tantos Santos Domingos, vayan por todas partes con la antorcha brillante y ardiente del santo Evangelio en la boca y el Santo Rosario en la mano, a ladrar como perros, abrasar como el fuego y alumbrar las tinieblas del mundo como soles; y que por medio de la verdadera devoción a María, es decir, interior sin hipocresía, exterior sin crítica, prudente sin ignorancia, tierna sin indiferencia, constante sin liviandad y santa sin presunción, aplasten, por donde quiera que fueren, la cabeza de la antigua serpiente para que la maldición que Tú le echaste se cumpla enteramente: Pondré enemistad entre ti y la Mujer, entre su descendencia y la tuya; esta te aplastará la cabeza (Gn. 3, 15). 

 

“Verdad es, Dios soberano, que el demonio pondrá, como Tú lo has predicho, grandes asechanzas al calcañar de esta Mujer misteriosa, es decir, a esta pequeña Compañía de sus hijos, que vendrán hacia el fin del mundo, y que habrá grandes enemistades entre esta bienaventurada descendencia de María y la raza maldita de Satanás; pero es una enemistad totalmente divina, la única de que Tú eres el Autor: pondré enemistad. 

 

“Pero estos combates y estas persecuciones, que los hijos de la raza de Belial desencadenarán contra la raza de tu Santa Madre, sólo servirán para hacer brillar más el poder de tu gracia, la valentía de su virtud y la autoridad de tu Madre, puesto que Tú, desde el principio del mundo, les has dado el encargo de aplastar a ese orgulloso, por la humildad de su Corazón y de su planta: esta te aplastará la cabeza. 

 

“¿No me está a mí mejor morir que verte, Dios mío, todos los días tan cruel y tan impunemente ofendido, que hallarme todos los días más y más en peligro de ser arrastrado por los torrentes de iniquidad que van creciendo? Mil muertes me serían más tolerables. O envía socorros desde el cielo, o llévate mi alma. Si no tuviera la esperanza de que oirás, pronto o tarde, a este pobre pecador en interés de tu gloria, como has oído a tantos otros -Este pobre clamó y el Señor lo escuchó y le salvó de todas sus angustias (Sal. 33, 7)-, pediría absolutamente con un profeta: Llévate ya mi alma (I Rey 19, 4). Pero la confianza que tengo en tu misericordia me hace decir con otro profeta: No moriré, sino que viviré para narrar las hazañas del Señor (Sal. 117, 17); hasta que con Simeón pueda decir: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mi ojos han visto, etc. (Lc 2, 29-30). 

 

“Espíritu Santo, acuérdate de producir y formar hijos de Dios, con tu divina y fiel Esposa María. Tú formaste la cabeza de los predestinados con Ella y en Ella; con Ella y en Ella debes formar todos sus miembros. Tú no engendras ninguna persona en la Divinidad; pero eres, Tú solo, quien formas fuera de la Divinidad todas las personas divinas; y todos los santos que han sido y serán hasta el fin del mundo, son otras tantas obras de tu amor unido a María. El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio y terminó por un diluvio de agua; el reino de Jesucristo terminó por un diluvio de sangre; pero tu reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente y se terminará por un diluvio de fuego, de amor y de justicia. 

 

“¿Cuándo vendrá este diluvio de fuego, de puro amor, que Tú debes encender sobre toda la tierra de manera tan dulce y tan vehemente, que todas las naciones, los turcos, los idólatras, los mismos judíos se abrazaran a él y se convertirán? Nada se libra de su calor (Sal 18, 7). ¡Enciéndenos! Que este divino fuego que Jesucristo vino a traer a la tierra se encienda, antes que Tú enciendas el de tu cólera, que reducirá toda la tierra a cenizas. Envía tu Espíritu y serán creadas las cosas y renovarás la faz de la tierra. Envía este espíritu, todo fuego, sobre la tierra, para crear en ella sacerdotes todo fuego, por ministerio de los cuales la faz de la tierra sea renovada y tu Iglesia reformada. 

 

“Acuérdate de Tú Congregación: es una Congregación, una asamblea, una selección, un apartado de predestinados, que Tú debes hacer en el mundo y del mundo: Yo los he elegido del mundo (Jn.15, 19). Es un rebaño de corderos pacíficos que Tú debes reunir en medio de tantos lobos; una compañía de castas palomas y de águilas reales en medio de tantos cuervos; un enjambre de abejas en medio de tantas avispas; una manada de ciervos ágiles entre tantas tortugas; un escuadrón de leones valerosos en medio de tantas liebres tímidas. ¡Oh Señor!: congréganos de entre las naciones (Sal 105). Congréganos, únenos para que se dé toda la gloria a tu nombre santo y poderoso. 

 

“Tú predijiste esta ilustre Compañía a tu profeta, que habla en términos muy oscuros y misteriosos, pero totalmente divinos: Tú haces llover, ¡Oh Dios!, una lluvia generosa sobre tu heredad, y cuando ésta desfallecía, tú la sostenías. Tu familia habitó en ella; Tú preparaste, ¡oh Dios!, tus bienes a los menesterosos. Da su voz de mando el Señor: vienen en tropel los portadores de buenas nuevas: Huyen los reyes de los ejércitos, huyen; aun la mujer casera participa en el botín. Y mientras ustedes reposan entre los oviles, las alas de la paloma se han cubierto de plata y sus plumas, de oro brillante. Al dispersar el Omnipotente por ella a los reyes, cayó la nieve sobre el Selmón. Monte de Dios es el monte de Basán; montaña rica en cumbres la montaña de Basán. ¿Por qué miran con envidia, montes encumbrados, al monte que eligió Dios para morada suya, en el que por siempre habitará Yavhé? (Sal 67, 10-17).

 

“¿Cuál es, Señor, esa lluvia voluntaria que Tú has preparado y escogido para tu heredad enferma sino estos santos misioneros, hijos de María, tu Esposa, que Tú debes reunir y separar del pueblo, para bien de tu Iglesia, tan debilitada y manchada por los crímenes de sus hijos? 

 

“¿Quiénes son esos animales y esos pobres que morarán en tu heredad, y que serán alimentados en ella con la dulzura divina que Tú les has preparado, sino estos pobres misioneros abandonados a la Providencia que rebosará de tus delicias más divinas, sino los animales misteriosos de Ezequiel, que tendrán la humanidad del hombre por su caridad desinteresada y bienhechora para con el prójimo; la valentía del león por su santa cólera y su celo ardiente y prudente contra los demonios, hijos de Babilonia; la fuerza del buey por sus trabajos apostólicos y su mortificación contra la carne, y, en fin, la agilidad del águila por su contemplación en Dios? Tales serán los misioneros que Tú quieres enviar a su iglesia. Tendrán ojos de hombre para con el prójimo; ojos de león contra tus enemigos; ojos de buey contra sí mismos y ojos de águila para Ti. 

 

“Estos imitadores de los Apóstoles predicarán con gran fuerza y virtud, tan grande y tan resplandeciente, que removerán las almas y los corazones de los lugares en que prediquen. A ellos es a quienes darás tu palabra, tu misma boca y tu sabiduría: te daré un lenguaje y una sabiduría que ningún adversario podrá resistir (Lc 21, 15). 

 

“Entre estos tus amados será donde Tú, en calidad de Rey de las virtudes, de Jesucristo el Bienamado, tendrás tus complacencias, puesto que ellos en todas sus misiones no tendrán más fin que el darte toda la gloria de los despojos que arrebatarán a sus enemigos: Rex virtutum dilecti, dilecti et speciei domus dividere spolia. 

 

“Por su abandono en manos de la Providencia y su devoción a María tendrán las alas plateadas de la paloma: inter medios cleros pennae columbae deargentatae, es decir, la pureza de la doctrina y de las costumbres. Y su espalda dorada et posteriora dorsi eius in pallore auri, es decir, una perfecta caridad con el prójimo para soportar sus defectos y un gran amor para con Jesucristo para llevar su cruz. 

 

“Tú solo, como Rey de los cielos y Rey de los reyes, separarás de entre el pueblo estos misioneros como otros tantos reyes, para tornarlos más blancos que la nieve sobre el monte de Selmón, monte de Dios, monte abundante y fértil, monte fuerte y cuajado, monte en el que habita y habitará hasta el fin. 

 

“Quién es, Señor, Dios de verdad, este misterioso monte, del que nos dices tantas maravillas, sino María, tu querida Esposa, cuyos cimientos has puesto Tú sobre las cimas de los más altos montes? Fundación suya sobre los santos montes (Sal 86, 1). El monte de la casa de Yavé se asentará a la cabeza de los montes (Miq. 4, 1). 

 

“Dichosos y mil veces dichosos los sacerdotes que Tú has tan bien escogido y predestinado para morar contigo en esta abundante y divina montaña, a fin de que lleguen a ser los reyes de la eternidad, por el desprecio de la tierra y su elevación en Dios; a fin de que se tornen más blancos que la nieve por su unión con María, su Esposa, toda hermosa, toda pura y toda inmaculada; a fin de que se enriquezcan allí del rocío del cielo y de la grosura de la tierra, de todas las bendiciones temporales y eternas de que María está llena. 

 

“Desde lo alto de esta montaña es desde donde, como otros Moisés, lanzarán por sus ardientes plegarias dardos contra sus enemigos para abatirlos o convertirlos. En esta montaña será donde aprendan de la boca misma de Jesucristo, que en ella mora siempre, la inteligencia de sus ocho bienaventuranzas. 

 

“En esta montaña de Dios será donde sean transfigurados con Él sobre el Tabor; donde mueran con Él como en el Calvario, y donde suban al cielo con Él, como desde el monte de los Olivos. 

 

“Acuérdate de tu Congregación. A Ti solo es a quien toca el formar, por tu gracia, esta Congregación; si el hombre pone en ello primero la mano, nada se hará; si mezcla de lo suyo contigo, lo echará a perder todo, lo trastornará todo. Tu Congregación: es tu obra, Dios soberano: Haz tu obra: haz tu obra, totalmente divina: junta, llama, reúne de todos los términos de tu dominio a tus elegidos, para hacer con ellos un cuerpo de ejército contra tus enemigos. 

 

“Mira, Señor, Dios de los ejércitos, los capitanes que forman compañías completas; los potentados que levantan ejércitos numerosos; los navegantes que arman flotas enteras; los mercaderes que se reúnen en gran número en los mercados y en las ferias. ¡Qué de ladrones, de impíos, de borrachos y de libertinos se unen en tropel contra Ti todos los días, y tan fácil y prontamente! Un silbido, un toque de tambor, una espada embotada que se muestre, una rama seca de laurel que se prometa, un pedazo de tierra roja o blanca que se ofrezca; en tres palabras, un humo de honra, un interés de nada, un miserable placer de bestias que esté a la vista, reúne al momento ladrones, agrupa soldados, junta batallones, congrega mercaderes, llena las casas y los mercados y cubre la tierra y el mar de muchedumbre innumerable de réprobos, que, aun divididos los unos de los otros por la distancia de los lugares o por la diferencia de los humores o de su propio interés, se unen no obstante todos juntos hasta la muerte, para hacer la guerra bajo el estandarte y la dirección del demonio. 

 

“Y por Ti, Dios soberano, aunque en servirte hay tanta gloria, tanta dulzura y provecho, ¿casi nadie tomará tu partido? ¿Casi ningún soldado se alistará bajo tus banderas? ¿Ningún San Miguel gritará de en medio de sus hermanos por el celo de tu gloria: ¿Quién como Dios? Permíteme ir gritando por todas partes: ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Socorro, socorro, socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡Fuego en las almas! ¡Fuego en el santuario! ¡Socorro, que se asesina a nuestros hermanos! ¡Socorro, que se degüella a nuestros hijos! ¡Socorro, que se apuñala a nuestro padre! 

 

“Los que son del Señor, vengan a mí (Ex 32, 26): que todos los buenos sacerdotes repartidos por el mundo cristiano, sea que actualmente se hallen combatiendo o que se hayan retirado de la pelea a los desiertos y soledades; que todos esos buenos sacerdotes vengan y se junten con nosotros; la unión de las fuerzas hace más fuerte: para que formemos, bajo el estandarte de la Cruz, un ejército bien ordenado en batalla y bien regido para acometer de concierto a los enemigos de Dios, que han tocado ya alarma: sonuerunt, frenduerunt, fremuerunt, multipllicati sunt. 

 

“Rompamos sus coyundas, arrojemos de nosotros sus ataduras! El que mora en los cielos se ríe, el Señor se burla de ellos (Sal 2, 3-4). 

 

“Se levanta Dios, y se disipan sus enemigos (Sal 67, 2). 

 

“Levántate Señor, ¿por qué duermes? ¡Levántate! (Sal 43, 23). 

 

“Señor, levántate; ¿por qué pareces dormir? Levántate en tu Omnipotencia, tu Misericordia y tu Justicia, para formarte una Compañía escogida de guardias de corps, que guarden tu casa, defiendan tu gloria y salven tus almas, a fin de que no haya sino un rebaño y un pastor y que todos te rindan gloria en tu templo: Y en su templo todo dice: ¡Gloria! (Sal 28, 9). Amén.”