REFLEXIONES

02/02/2014 

INHABITACIÓN TRINITARIA

 

Para consolar a Jesús y sólo para esto, se me ocurre esta vez hablar de la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo. Es un poco difícil pero importante.

 

Veamos ante todo algo de la esencia de Dios.

Dios Padre, desde toda la eternidad, sin tiempo alguno y antes de todas las cosas, en su primer y único acto de conocimiento se conoce así mismo. De ese conocimiento de sí procede una Idea en su entendimiento divino, esa idea que procede del conocimiento que se tiene de sí mismo, es Dios también igual al Padre en su substancia y se llama Idea del Padre, o Pensamiento del Padre, o Verbo del Padre, o Concepto divino, o también Hijo de Dios, que es la segunda Persona de la Santísima Trinidad que procede a modo de conocimiento divino. Es decir, el Hijo de Dios procede del Padre por ese primer y único conocimiento que el Padre tiene de sí mismo. Por eso el Hijo es la Imagen del Padre.

 

El Padre contempla al Hijo y el Hijo contempla al Padre y de ese mutuo conocimiento procede de ambos, tanto del Padre como del Hijo, el Amor. Ese Amor, que procede de ambos se llama Espíritu Santo y es la tercera Persona de la Santísima Trinidad, igual en todo al Padre y al Hijo en su substancia y que es única en las Tres Personas.

 

De esta manera, Dios, desde siempre, sin principio se está conociendo con un conocimiento infinito y se está amando con un amor infinito. Tres Personas que son un solo y único Dios. Se conoce y se ama como jamás llegaremos a imaginar. Dios no necesita de ninguna criatura porque es felicísimo en sí mismo. Si crea es por puro amor pero no por necesidad o interés.

 

Una vez conocido esto veamos qué es la inhabitación, es decir, la presencia de Dios en el alma en gracia.

Decir que Dios está dentro de uno es una cosa acostumbrada a escucharla, pero lamentablemente no siempre bien comprendida. ¡Hay, si tomáramos conciencia de lo que significa esa presencia!!!!. ¡¡Decir esto ya es grandioso!!. ¡Qué alma no se deleita al saber y vivir esto! Es un invento del amor de Dios. Es el regalo más grande que podamos imaginar. Esta presencia ha sido el foco permanente de atención de los santos. Ha sido la delicia de la Santísima Virgen. Los ángeles no salen de su asombro al considerar que nosotros, pobres criaturas contengamos en nuestro pobre vaso de arcilla la inmensidad de Dios.

 

Pero esto no termina aquí. Hay más aún. Dios Padre sigue conociéndose así mismo y sigue engendrando al Hijo y el Hijo y el Padre se siguen conociendo y de ese conocimiento sigue procediendo ese Amor que es el Espíritu Santo. Sí, las Procesiones continúan siempre porque el Padre no deja nunca de conocerse así mismo en el único acto ininterrumpido y eterno, y el Padre y el Hijo nunca cesan de amarse en es único y eterno acto de amor. Y todo esto se está realizando en nosotros permanentemente, dentro de nuestra pobre alma. Dios no puede dejarse de conocer y amar y por esta razón no puede dejar de proceder el Hijo y el Espíritu santo por vía de conocimiento y amor. ¡Qué grande es Dios!!!! ¡No podemos meter una montaña en nuestro interior pero sí Dios se puede meter siendo su inmensidad infinitamente superior a cualquier montaña!. ¡Qué deleite pensar que ese círculo de conocimiento y amor divino se dan dentro nuestro! Pensemos eso y tal vez enloquezcamos o muramos… pero pensémoslo sin miedo… con gran confianza y abandono.

 

Todavía no termina esto aquí, ¡hay más aún, mucho más!!! Estando dentro nuestro, conociéndose y amándose y regocijándose las tres Personas divinas, nos invitan a participar de ese movimiento grandioso e inaudito de conocimiento y amor.

 

Solo podremos entrara en ese movimiento divino si poseemos dos cosas que posee Dios. El mismo conocimiento de Dios y el mismo amor. Son los dos actos para que se puedan dar las Procesiones divinas. Pero ¿cómo tener el mismo conocimiento de Dios y el mismo amor de Dios?. Si vivimos de la fe tenemos participación de su conocimiento y si vivimos de la caridad (en gracia) participamos y tenemos el mismo amor de Dios. 

 

Ellos, en ese profundo silencio del alma nos invitan a ese conocimiento por la fe y a ese amor por la caridad. Tener fe significa conocer las cosas como Dios las conoce aunque no las podamos comprender y tener caridad es amar con el amor mismo de Dios. Al creer las verdades de fe nos unimos al conocimiento divino y al amar de caridad (si estamos en gracia), amamos con un amor participado de Dios. Entramos en la órbita divina y todo esto en nuestro interior.

 

¡Hay más todavía, y mucho más…!!!! pero si sigo no solamente moriré yo sino que mataré a alguien… Dios es más de lo que podemos saber. ¡Qué sorpresa cuando lo podamos conocer en el cielo!!! Pero, mientras tanto aprovechemos la tierra para hacer de nuestras almas un cielo para Dios.

 

¿Cómo acceder al Seno de la Santísima Trinidad más rápidamente?

El Verbo divino antes de “tocar” el mundo y habitar entre nosotros, se metió en el Corazón de la Virgen y luego en su seno. Es decir, vivió en la presencia de la Virgen, en lo más íntimo de su ser. Luego vio por primera vez con ojos humanos el mundo. ¿No es ese el camino que nos ha trazado el que debemos hacer? Para llegar al Padre, hay que pasar por el Hijo encarnado, para pasar por Éste hay que vivir en el Corazón y en el seno de María Santísima. La presencia de la Virgen nos conduce a la presencia del Padre, pues es la obra de arte por excelencia. No  debemos colocar nunca a la Virgen al lado de Jesús, o al lado del Padre. Ella no compite con Ellos. Hay que colocarla en el Corazón de Jesús o en el “Corazón” del Padre, o en el “Seno” mismo de la Santísima Trinidad. Entonces al estar con Ella estaremos inmerso en Dios. Para subir a la cima por una escalera hay que comenzar por el peldaño más bajo. María Santísima es la creatura más excelente, supera la santidad de todos los ángeles y santos juntos, pero es pura creatura. Cristo es creatura y Dios, simultáneamente. Dios en cuanto Dios no tiene mezcla de cosa creada. Este es el orden para llegar al seno de la Santísima Trinidad.

 

¡Dios tenga misericordia de nosotros y nos conceda la conversión!

 

¡Ave María Purísima!

Pbro. Carlos H. Spahn

 


EL ALMA ABANDONADA

 

El alma desea ardientemente a su Dios. Lo clama día y noche, sin cesar; es una verdadera obsesión su búsqueda. Pero Él no se deja sentir, no se deja ver, no responde. Pero parece que el alma no busca esto, no le interesa ver, sentir, ser respondido, sino sólo amar. Pero de pronto se encuentra con que no sólo no responde su Dios sino que, él no le sirve como quisiera, es más, le ofende. Ve a su Dios ofendido por él, más que amado. Cómo podrá sostenerse quien ofende lo que ama, si hiere a su propio amante y dice que le ama… ¿Habrá perdido lo que buscaba? ¿Abandonará su camino? Si lo abandona, se pregunta, ¿para buscar qué? Si la razón de su vida es Él. No, seguirá buscando, una y otra vez. Prefiere morir buscando aunque sepa que lo pierde. El buscar es siempre esperanzador.

 

Uno le dijo a esta alma: "¿para qué seguir en su búsqueda? ¿No has advertido que es inútil insistir? ¡Si te amara te ayudaría en tu camino! Te daría fuerza, te haría sentir su amor. Si te amara y te hiciera verdaderamente participar de su cruz para purificarte no dejaría que lo ofendieras así. Si estuviera contento contigo no permitiría que cayeras tan bajo. O, al menos, te levantaría ¿Te ha levantado alguna vez? No te das cuenta que tus sueños de santidad han terminado en meras ilusiones de niño? Además, si te probara, alguna vez, en tu larga vida te habría dado respiro. Si no te da respiro es porque no te ama. ¿Puede uno estirar una cuerda permanentemente sin que esta se corte? Si te amara aflojaría un poco y te daría respiro. ¡Cuántos errores has cometido en tu vida, si te amara lo hubiera Él evitado!".

 

Y como quién lucha entre la vida y la muerte, boqueando en sus últimos intentos por respirar, el alma renueva su búsqueda… ya sin fuerza… ya abatido… pero sigue… ya con mezcla de innumerables infidelidades boquea por no perecer. Un leve quejido sale de sus labios y se escúcha el suzurro: Señor ¡ten piedad! He pecado, he fracazado en mi intento… no me dejes morir…

Nuevamente le dicen: "es inútil, ya lo has experimentado en carne propia. ¿No has leído en todas las vidas de santo, cómo Dios alterna el sufrimiento con el gozo del alma? ¿Por qué podían sufrir tanto los santos? Porque sabían que estaban unidos a Dios y esto les bastaba. Tu sufrimiento es inútil porque no está unido a Dios. ¡Así te paga tu Dios, que te ha pedido tanto sufrimiento! Te recompensa con su desunión, con su alejamiento. De qué te sirvió tanto sufrimiento. No te das cuenta que no te ama. Dios da su gracia a quién ama. Tu no la tienes. Sufres en vano. Has fracasado. Tienes sólo que usar la memoria para advertir tus innumerables infidelidades".

 

El alma se decide por ofrecer todo sin pensar… porque si piensa dará la razón a su mal consejero. Porque los razonamientos son muy lógicos. El alma se decide por creer a ciegas que el amor de Dios es primero, que si él no ama, Dios sí lo ama, aunque no lo advierta.

 

¿Logrará el alma alcanzar sus profundos anhelos: glorificar a Dios en todo durante la vida para glorificarlo eternamente en el cielo? Parece que en la tierra no puede, queda la esperanza del cielo. Pero si esta alma tuviera a alquien que pida por él. Si encontrara compasión y Dios le diera un apoyo… tal vez, no por sus méritos sino por el de otro, encontraría respiro, vida, luz, paz, gozo en el Señor y llevaría la cruz con alegría de saberse amado. Sin descanso ya en nada y dándolo todo, pero con gozo de saberse amado y de amar a Dios. De vivir unido a Él. Sí, esto es sólo lo que esta alma pide: estar unida a Él.

 

El alma rechaza los falsos razonamiento que le vienen en su interior, se va a sentar en la escala del templo, estira la mano pidiendo limosna, tal vez alguien, a la salida del templo, se compadezca y le dé un denario. Alguien se lo da. ¡Un denario para su Señor! Corriendo el alma ingresa al templo y lo deposita como limosna para su Señor. Y piensa: algo tengo en mi haber, mi corazón descansa...

 

Su denario es Jesús que entrega su vida al Padre por él y lo empapa con su Sangre y quién le da ese denario es una Mujer, vestida de sol, con la luna debajo de sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

 

 

 

Pbro. Carlos H. Spahn

 


NAVIDAD

 

Escribo para consuelo del divino Niño Jesús que va a nacer nuevamente. Escribo para consuelo de la Santísima Virgen su Madre.

 

Triste está la tierra... todo está lleno de muerte y tristeza...

 

La tierra está destinada a la ruina... No hay esperanza... No hay trascendencia... Todo es llanto, angustia, dolor sin sentido. Diversiones, ruidos, cálculos humanos, placeres sin control y sin freno, vida errante y sin rumbo...

 

En el rincón menos pensado del mundo, casi a media noche, una humilde Mujer con su esposo buscan un lugar para quien creó el mundo. Nadie recibe por un día a quién viene a recibirnos eternamente en el cielo. Corazones duros, nada de sensibilidad, nada de discernimiento para advertir que pasa Dios golpeando el corazón. Todos quieren ganar dinero esa noche recibiendo a quién puede pagar. Otra vez se decide por el dinero y no por Dios.

 

 El lugar encontrado era un desecho humano, símbolo del estado interior en que se encontraba el hombre. Lo que vieron esa mujer y ese hombre, que buscaban albergue, era indescriptible. Era verdaderamente un deshecho humano. Al ver esa cuerva Dios le mostraba a la Reina y Madre de los hombres el estado interior de sus hijos. Terrible angustia, dolor y quebranto produjo a esta santa jovencita, Madre ya de Dios, ver el interior de los hombres reflejado en esa cueva. Y sin embargo, ese Niño, quería nacer allí y alojarse en ese lugar.

 

Había un secreto que nadie sabía, secreto del Padre para su Hijo, sorpresa para la humanidad y admiración para los ángeles. Dios Padre, en su Providencia divina tenía dispuesto un milagro. Esa mujer que parecía tan pequeña y tan frágil, debía, en pocos minutos, realizar una obra jamás pensada e imaginada ni siquiera por los mismos ángeles.

 

María se introdujo en el interior de esa gruta donde había mal olor, inmundicia de los animales que la habitaban, insectos, bichos de todo tipo, un frío intenso que conservaba la misma piedra, frialdad interior, casi más que afuera, sin ventilación alguna. Esta jovencita con sus puras manos comenzó una obra que tal vez Ella misma ni se imaginaba. Comenzó a seleccionar la paja limpia de la sucia. Quitó la inmundicia de bichos y residuos de animales. Prendió un fuego para calentar el interior y esas piedras frías. Hizo con sus propias manos una hermosa cuna, tan hermosa era que el Verbo de Dios no se hizo esperar. Así, ese Niño encontró el lugar más hermoso del mundo, porque lo preparó su Madre con sus manos puras. Mejor que cualquier palacio, el calor del amor materno cobijó al hermoso Niño que ahora era envuelto por los brazos de su Madre. ¡Qué diferencia tan grande! ¡Qué cambio había! De ser el lugar más inmundo a ser el palacio divino, la mansión de Dios.

 

¿Cómo prescindir de la Santísima Madre en la preparación a la Navidad? Si es Ella la que limpia la inmunda gruta de Belén y la transforma en el Palacio del Rey. Es Ella, que con sus puras manos prepara la mejor morada en el peor de los corazones humanos. Ella hace la obra de preparar cuna a su Hijo en las grutas frías de la indiferencia humana. Ella da calor de Madre y vida divina en el corazón de los hombres porque hace acostar a su Niño.

 

Es sumamente importante implorar a la Madre de Dios en la espera de la Navidad, sólo Ella sabe preparar digna morada para su Hijo. Ella nos llevará a un profundo arrepentimiento y a una santa confesión de nuestros pecados. Ella suscitará en nosotros el deseo de unión y de vida divina. Tanto deseo suscitará que con un sólo acto de ese amor nos arrebatará a la unión transformante.

 

Manos maternales que responden al amor inmenso que alberga su Inmaculado Corazón. Todo ese amor maternal es transmitido instante por instante, cuenta por cuenta, cada vez que rezamos el Santo Rosario que es el cordón umbilical que nos une a esa Madre.

 

No dejemos de acudir a la Madre si queremos poseer al Hijo.

 

Ella y Él. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido. Para una santa Navidad una unión más profunda con la Santísima Virgen. Cuanto más nos unamos a Ella más unidos estaremos con ese Niño divino.

 

                                                                            Pbro. Carlos H. Spahn

 ¡Feliz Navidad!

 


REFLEXIÓN PARA LA CUARESMA

 

Dice la Imitación de Cristo: A nadie teme y evita tanto el diablo como al humilde y al que se desprecia a sí mismo. Y contra nadie tiene tanto poder como contra el soberbio y el que presume de sí.

 

También nos dice el mismo libro: Está verdaderamente convertido y no lleva en vano el nombre y el hábito de religioso aquel que muere por completo al siglo y gusta de vivir solamente para Cristo; aquel que refiere a Dios, en último término, todas sus obras y pensamientos; aquel que en todas sus palabras y obras busca y desea únicamente la honra de Dios y la alabanza de su nombre, no queriendo retener nada para su amor propio y su propia comodidad; aquel que se ofrece y eleva a sí misma con todo el bien que se hace en el cielo y en la tierra, dando inmensas gracias a Dios, Sumo Bien, de quien desciende y dimana todo bien creado.

 

El único y singular deseo de los santos en esta vida fue no tener nada común con este siglo, sino, por el desprecio de las cosas terrenas, tender siempre a la presencia de Cristo y al consorcio de los ángeles. Por esto también San Pablo, amador vehemente de Cristo, despreciaba perfectamente todo lo terreno, y, desfalleciendo por las cosas celestiales, decía: “Deseo morir para estar con Cristo” (Fil., 3, 20); pues muy pocos se hallan tan desprendidos que pongan todo su afecto en las cosas eternas y no ambicionen las riquezas y honores terrenos. Gima, pues, el alma fiel, rodeada de las tinieblas del mundo, hacia la compañía de la patria celestial, elevando sin cesar los ojos de la mente allí donde Cristo está en la gloria del Padre, reinando por los siglos eternos.

 

Que el Inmaculado Corazón de María haga sentir su presencia en el corazón de sus hijos, en esta santa Cuaresma, para ir configurándose cada vez más con Jesucristo. Que les conceda la gracia de tener los mismos sentimientos de Ella, para tener así los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

 

Pbro. Carlos H. Spahn

 


UNIÓN DE VOLUNTAD

 

La Santa Edith Stein (Teresa Benedicta de la Cruz) dice en su libro, Por los caminos del silencio interior:

 

“El día que Dios tenga poder ilimitado en el corazón del hombre, ese día el hombre tendrá un poder ilimitado en el corazón de Dios”.

 

Pareciera, en primera instancia, que el poder infinito de Dios puede tener límites. Así es, y esto ocurre porque Dios es infinitamente bueno y sabio, y en su bondad y sabiduría nos otorgó el don inestimable de la libertad humana. ¡Pobre de nosotros que en nuestra ingratitud no dejamos que Dios tenga poder ilimitado en nuestro pobre corazón!

 

¿Cómo es que se limita el poder de Dios en nuestro corazón? En la medida en que por hacer nuestra pobre voluntad no hacemos la amorosa voluntad de Él. Hasta tal punto que si un pecador está agonizando y Jesucristo anhela convertirlo, con todo el poder que Él tiene, sin embargo terminará por ser un intento fallido si el pecador no le da entrada en el alma. Este don maravilloso de la libertad se convierte así en el arma mortal más terrorífica. ¡Cuánto harías Señor con sólo dejarte mover a tus anchas en mi pobre y mísero corazón! ¡Si sólo le dejáramos actuar libremente…! No existe hermosura más grande en toda la creación que la belleza de un alma poseída por Dios; pasa a tener la misma belleza Divina, por eso se aman tanto…

 

El día que Dios tenga poder ilimitado en el corazón del hombre, ese día, ¡bendito día esperado y anhelado en primer lugar por Jesucristo! Bendito día el de los santos…

 

Ese día el hombre tendrá un poder ilimitado en el corazón de Dios. ¿Cómo es posible que la pobre criatura limitada tenga un poder ilimitado en el corazón de Dios? Ya ese día el querer de la criatura será el querer de Dios y el querer de Dios será el querer de la criatura. ¿Por qué ese poder? Porque al estar Dios plenamente en el alma (a sus anchas), esto es, cuando el alma siempre busque y haga sólo la voluntad Divina, también la voluntad del hombre no será otra que la voluntad de Dios. Es lo del Padrenuestro: “Hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo”.

 

Un cabal ejemplo de esto lo encontramos en la Santísima Virgen en las Bodas de Caná, cuando la voluntad de Ella fue la voluntad de su Hijo e igualmente la voluntad del Hijo no era otra que la voluntad de la Madre. Había sólo un querer no dos. La voluntad de la creatura era la voluntad del Creador y la voluntad del Creador voluntad de la creatura. Es la unión perfecta de voluntades.

 

Pbro. Carlos H. Spahn

 


CONSAGRACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN

 

Entendemos que la obra que realizará el Inmaculado Corazón de María en nuestro propio corazón, en la esencia de nuestra alma, se compara a la maravillosa obra que realizó con Cristo en la gruta de Belén la noche del nacimiento.

 

Los hombres jamás hubiéramos podido entender por qué el Verbo deseó, con deseo infinito y eterno, nacer en una cueva abandonada, oscura, fría, húmeda, llena de excremento y orín de animales, con telarañas, toda clase de insectos no deseables, espinas, maleza, piedras, etc. Tampoco lo hubieran entendido los ángeles mismos si Dios no se los hubiera mostrado.

 

Dios no hace nada que no tenga sabiduría y esté completamente armonizado. Todo lo envuelve con su amor misericordioso por los hombres.

 

En efecto, la cueva representaba el corazón de los hombres y lo sigue representado aún en muchos de ellos. El corazón de los hombres se encontraba, como se encuentra hoy día en muchos: abandonado, oscuro, frío, húmedo, lleno de excremento y orín de animales, con telarañas, insectos, espinas, maleza, piedras, etc.

Dios había reservado a su Santa Madre la labor de preparar el lugar más hermoso del mundo, el lugar soñado y deseado por el Verbo de Dios desde toda la eternidad. Un lugar dispuesto y preparado por un Corazón infinitamente enamorado de Dios. María ingresa con José a ese recinto y entiende que así lo desea Dios. Ella le pide a José que encienda un fuego y todo dentro se ilumina, ya hay luz. Comienza el calor. La humedad y el frío se disipan en breve. María, con sus manos sagradas que responden a los impulsos de su Inmaculado Corazón lleno de amor y gracia, comienza a sacar la paja con excremento y orín y busca aquella más seca y limpia. Quita las telas de arañas, corre los insectos, corta las espinas y malezas. Corre los animalitos hacia un costado. Y prepara la cuna, la maravilla más grande que se haya podido hacer sobre la tierra. Es el nuevo paraíso, el paraíso del Verbo Eterno de Dios. Una cuna llena de amor. Por eso Dios eligió ese lugar. Porque el Inmaculado Corazón de María tendría la tarea de construir una habitación al Altísimo partiendo de lo más ruin y bajo.

 

Dios, con ese gesto, nos enseña la tarea que tiene esta Santa y misteriosa Mujer de disponer y preparar los corazones de los hombres con el amor y bajo el impulso de su Inmaculado Corazón.

 

De esta manera está reservado y preparado el triunfo del Inmaculado Corazón según fue anunciado por Ella misma en su aparición en Fátima. Una labor extraordinariamente maravillosa y relacionada con la venida de Cristo, no sólo en el corazón de los hombres, sino también en su segunda venida. Es el Corazón Inmaculado el que preparará ese regreso amoroso y escatológico de Cristo. Ya no vendrá como la primera vez, a través del seno maternal de María en la humildad de la carne, ahora lo hará a través de su Inmaculado Corazón en gloria y majestad sobre las nubes del cielo.

 

Pbro. Carlos H. Spahn

 


EL REZO DEL SANTO ROSARIO, CORDÓN UMBILICAL

 

Creemos firmemente que hay un modo maravilloso para que el Inmaculado Corazón pueda obrar en el corazón de los hombres como obró en la gruta de Belén. No lo podría hacer Ella si las personas no se consagraran a su Inmaculado Corazón. Ese es el presupuesto inicial, el fundamento y la base para el obrar de esta maravillosa Madre de Dios.

 

En segundo lugar, necesitamos conectar nuestro ser al ser de María. Y como ella es Madre de Dios y también Madre nuestra, debemos establecer con ella un lazo de unión, un lazo vital. Ese lazo vital de unión perfecta se dará a través del cordón umbilical. Es por él que una Madre se une y alimenta a su creatura. Ese cordón umbilical es el Santo Rosario. Por cada una de las cuentas llegan a nosotros abundantes gracias y las manos maternales, movidas por el Inmaculado Corazón, irán disponiendo nuestra morada interior, nuestra alma, nuestro corazón al nacimiento de Cristo que se dará a través de su infinita Misericordia cuando el hombre lo reconozca como salvador, redentor y lo deje entrar a través del Sacramento de la Penitencia y la Sagrada Eucaristía. María lleva al verdadero dolor de los pecados, a la contrición perfecta y al encuentro con Cristo Eucaristía.

 

El Rosario es la oración bíblica por excelencia. El Avemaría no sólo está en la Biblia, no sólo es de inspiración bíblica, sino que fue pronunciado por Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. El ángel Gabriel, nos dice San Lucas en el Evangelio, fue enviado por Dios. Fue de parte de Dios Padre a decir las palabras que Dios Padre le encomendó decir: "Dios te salve María, llena eres de gracia el Señor está contigo" (Lc. 1, 28). Es Dios Padre quién está llenando de elogios a la Madre de su Hijo. Es Él quien la saluda y recita el Avemaría. Y el Avemaría es continuado por el Espíritu Santo. En efecto, dice la Escritura: "Isabel, movida por el Espíritu Santo, exclamó fuertemente: 'bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre". Observemos que la mueve el Espíritu Santo. Es Él el que continúa el Avemaría y completa la primera parte de esta hermosa y bíblica oración. Tan bíblica es que se podría decir hasta aquí, cada vez que se recita esta oración en su primera parte: "es Palabra de Dios". Es una fórmula dicha y enseñada por el Padre y el Espíritu Santo. No sólo enseñada sino dicha y dirigida a María por Dios mismo. Y la segunda parte del Avemaría consiste en decirle Madre, como le ha dicho el Verbo encarnado durante toda su vida en la tierra; Madre de Dios. Y le decimos que ruegue ahora y en la hora de la muerte. Si entre nosotros nos pedimos oraciones ¿por qué no pedírselas a Ella que intercede y obtiene el milagro de las Bodas de Caná por su acción y mediación? El Rosario está compuesto también por el Padrenuestro, oración bíblica y enseñada por el mismo Cristo como modelo de oración. Y nos pide recitarlo y nos enseña a repetirlo. Repetir no es trivial. Repetir es lo que hacía Cristo al recitar los Salmos, y lo hace la Escritura al enseñarnos a rezar los Salmos. Son oraciones escritas que se repiten. Pero no es una simple repetición sino una acción nueva cada vez. Es nueva si la hacemos con amor y con consciencia. Y finalmente, el Rosario está compuesto por la meditación de los misterios de la vida de Cristo y de María, todo ello bíblico. Y hasta el gloria es bíblico, ya que en la Biblia se nos enseña a glorificar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como Cristo lo hacía en muchas oportunidades: "Yo te glorifico Padre, Señor del cielo y de la tierra..." (Mt. 11, 25).

 

No nos sorprendamos de que sea Dios quien recite el Avemaría, que honre a María. La honrará luego el Verbo encarnado durante 33 años sobre la tierra, porque Cristo fue el primero que cumplió el mandamiento de honrar al padre y a la madre.

 

Pbro. Carlos H. Spahn

 


PENITENCIA EN REPARACIÓN Y CONVERSIÓN DE LOS PECADORES

 

El mensaje que les irá desgranando la Señora es un mensaje de penitencia por los pecados que cada día se cometen, el rezo del Santo Rosario por esta misma intención y la consagración del mundo a su Inmaculado Corazón. En cada aparición, la dulce Señora insiste en el rezo diario del Rosario, y les enseña una oración para que la repitan muchas veces, ofreciendo sus obras y en especial pequeñas mortificaciones y sacrificios: ¡Oh Jesús!..., es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de las ofensas hechas al Inmaculado Corazón de María.

 

Juan Pablo II dijo: "Desde su santuario de Fátima, María renueva todavía hoy su materna y apremiante petición: la conversión a la Verdad y a la Gracia; la vida de los sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía, y la devoción a su Corazón Inmaculado, acompañado por el espíritu de penitencia ... La llamada a la penitencia es una llamada maternal; y, a la vez, es enérgica y hecha con decisión" (Angelus, 26-VII-1987).

 

San Josemaría Escrivá de Balaguer enseñaba: "La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar el tiempo que cada cosa necesita. Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío. Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias -los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo- así lo requieran. La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada; en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste; en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos. Penitencia, para los padres y, en general, para los que tienen una misión de gobierno o educativa, es corregir cuando hay que hacerlo, de acuerdo con la naturaleza del error y con las condiciones del que necesita esa ayuda, por encima de subjetivismos necios y sentimentales. El espíritu de penitencia lleva a no apegarse desordenadamente a ese boceto monumental de los proyectos futuros, en el que ya hemos previsto cuáles serán nuestros trazos y pinceladas maestras. ¡Qué alegría damos a Dios cuando sabemos renunciar a nuestros garabatos y brochazos de maestrillo, y permitimos que sea Él quien añada los rasgos y colores que más le plazcan!" (Amigos de Dios, 138).

 

En efecto, la Virgen dijo, en su primera aparición en Fátima a los Pastorcitos según el relato de sor Lucía en sus Memorias: "–¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros como reparación de los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores? –Sí, queremos. –Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios os fortalecerá".

 

Pero también podemos, sin contraponer, añadir penitencias voluntarias, además de aceptar con amor todo lo que debemos hacer diariamente y lo que el Señor nos envíe. Así lo enseñó el ángel en su segunda aparición a los pastorcitos de Fátima según lo narra Sor Lucía en sus Memorias: "–¿Qué estáis haciendo? ¡Rezad! ¡Rezad mucho! Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. ¡Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo! –¿Cómo hemos de sacrificarnos? –pregunté. –De todo lo que pudierais ofreced un sacrificio como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra patria la paz. Yo soy el Ángel de su Guardia, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe".

 

Tenemos como ejemplo a los mismos niños pastores. El ayuno es muy agradable a Dios y recomendado siempre y puesto como precepto en algunos momentos del año por la Iglesia.

 

Pbro. Carlos H. Spahn

 


EL MISTERIO DE DIOS QUE SE ESCONDE

 

Dios no quiso sólo esconderse en una cueva abandonada en un pueblito olvidado, sino que se ha escondido detrás de los pañales, signo de la fragilidad y limitaciones humanas. Cuando los ángeles se le aparecieron a los pastores le dijeron que reconocerían al Niño salvador del mundo porque estaría envuelto en pañales. Es decir, escondido a los ojos de los hombres soberbios, altaneros y apegados a las riquezas de este mundo.

 

Dios se esconde en un Niño. Y el Niño está escondido en Dios. Y el Niño es Dios. Por eso amamos la infancia de Cristo. Porque nos enseña la humildad.

 

Este Niño, que se ha querido quedar entre nosotros a través de su milagrosa imagen, constituye para todos nosotros, una gracia especial sin precedentes. Siempre Dios aparecerá como un niño y siempre el que es como niño aparecerá como un "Dios" escondido.

 

La imagen del Divino Niño Jesús es para la Iglesia un gozo y una gracia. Nos habla siempre de que debemos ser como niños en nuestra actitud interior respecto de Dios y de los hombres. No en el sentido de inmadurez humana, sino de completo olvido de sí y abandono a la confianza sin límites en Dios Padre.

 

Se han constatado por la intercesión de este Niño cuantiosos milagros.

• Milagros de conversión. Sí digo milagro, ya que nadie se puede convertir sin una intervención especial de Dios, a través de su gracia. Donde hay una verdadera conversión hay una verdadera intervención de Dios.

• Milagros de consuelos, de esperanzas, de fe, de profunda caridad, de aceptación de los sufrimientos, de perdón al prójimo, etc.

• Milagros de liberación de tantos males.

• Milagros de curación física y psíquica.

Siempre interviene Dios en la historia. Intervino en su Pueblo elegido, reiteradas veces, como sabemos por el Antiguo Testamento, con prodigios y portentos. Asimismo intervino en el Nuevo Testamento, en la Persona de Cristo mismo. También intervino a lo largo de 2000 años de cristianismo. Y no es otra cosa que aquellas palabras del mismo Jesús: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo.”

 

Nuestra prueba en este mundo es caminar sin ver. Es la fe. Es creer fuertemente lo dicho por Dios. Creer en Él y a Él. Si lo viéramos ya no podríamos caminar en la fe.

 

Teniendo en cuenta este misterio de la fe, nos preguntamos:

¿Cómo es Jesús? ¿cómo piensa? ¿cómo ama? ¿cómo actúa? Hay muchas facetas y enfoques que se pueden hacer. Yo haré uno. ¿Cómo es Jesús? Jesús es como un Niño.

 

Tiene en sí infinita inocencia: “Como Cordero llevado al matadero... no abría la boca... no se quejaba...”

Tiene infinita espontaneidad: “Mi Padre y yo somos uno...” “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”...

Posee infinita pureza: “Dejad que los niños vengan a mí...”

Es Infinitamente transparente: Ha dicho "todo lo que su Padre le ha dado a conocer..."

Infinitamente confiado en sus padres: “Si quieres pasa de mí este cáliz... pero que no se haga mi voluntad sino la Tuya...”

Infinitamente lúdico (le gusta jugar): “Por qué me buscabais, no sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”

Le gusta jugar. Juega a las escondidas, es su juego predilecto. Es un ejercicio del acrecentamiento del amor. Es parte esencial del aumento del amor. Es purificación verdadera y propia de las almas. Terribles ausencias pero encuentros formidables. Ante la ausencia del Esposo, la esposa lo busca... a veces lo encuentra, porque si no lo encontrara nunca se podría enfriar su amor. Cuando está con Él no duda de su presencia, pero rápido se vuelve a esconder...

 

Esto es importante en el noviazgo y en el matrimonio. No pueden estar las 24 horas juntos. Existen las distintas actividades, los trabajos, etc. Tampoco deben estar mucho tiempo ausente, se enfriaría el amor.

 

De manera que el amor aumenta en un equilibrio entre ausencias y presencias. Ausencias aparentes, porque el amado siempre está con la persona amada con su pensamiento y amor. Más aún Jesús, que habita permanentemente en el alma. Pero se esconde y bien lo sabemos todos.

 

Se esconde en un pesebre, detrás de los pañales. En una profunda humillación, en un extraordinario anonadamiento, en un éxtasis de amor se despoja de toda la apariencia divina para estar entre animales, en un establo.

 

Tanto agradó a Jesús este abajamiento, este hacerse pequeño e insignificante por los hombres, que se quiso quedar bajo las apariencias de pan en la Eucaristía. Está allí en las especies más pobres e insignificantes, en la apariencia de pan.

 

Resucitado se esconde de las mujeres y apóstoles en las apariciones: haciéndose confundir con un hortelano o jardinero ante la Magdalena. Cuando ella lo reconoce y quiere abrazar desaparece; haciéndose pasar por el caminante con los discípulos de Emaús; En la playa, en el Mar de Tiberíades, se presenta desconocido, luego se deja reconocer para, finalmente, desaparecer.

 

Siempre ocultó la gloria de su alma y su divinidad. Pero cuando se dejó ver en el Tabor, tanto era el gozo de aquellos que presenciaban el hecho, que quisieron instalarse en el monte. Pero todavía no, aún no hemos llegado a las moradas eternas. Se debe aún trabajar.

 

Se escondió con los discípulos de Emaús:

• Se hace el encontradizo...

• Le gusta que le cuenten las cosas... se hace contar todo para que se desahoguen en Él, así lo hizo también con Santa Faustina y otros santos...

• Arden los corazones y desean que se quede...

• Al partir el pan lo reconocen y se ausenta...

 

Cuando quiere se deja ver y cuando lo ven desaparece...

Es un Niño fuerte con los fuertes y débil con los débiles. Llora con los que lloran, sufre con los que sufren, padece con los que padecen, se aprisiona con los prisioneros. Cuando lo llaman, enseguida viene. Siempre escucha aunque no siempre puede dar lo que le piden, no porque carezca de poder y bondad, sino por el bien del mismo que lo pide.

 

Le gusta que lo miren y lo amen. Cuando uno lo mira, su inteligencia está puesta en él si es una mirada atenta. De esa contemplación surge el amor verdadero.

 

No mirar sin amar. Aunque sí amar sin mirar. Amar siempre...

 

De manera que Jesús es como un Niño que se esconde. Pero por razones extraordinariamente grandes que no las entenderíamos jamás. Solo en el cielo conoceremos este misterio de aparecer y desaparecer, de hacerse buscar, dejarse encontrar y de esconderse nuevamente. Pasa en todas las almas.

 

Aprieta, aprieta, aprieta, aprieta, aprieta, afloja. Aprieta más y más y más y más y más y floja. Aprieta más de lo que afloja, porque estamos en subida, porque no estamos en el lugar del reposo aún. En realidad nos da agua fresca en el camino del desierto.

 

Mientras aprieta se compadece. Es extraño. No le gusta ver sufrir a nadie. Le complace cuando saben sufrir, que es distinto. Aprieta y llora con el que llora... Porque siempre hay una razón por la cual apretar, una razón mayor, una conveniencia superior. Como la Virgen al pié de la Cruz: ofrecía pero lloraba, se ofrecía más, más lloraba y con ella su Hijo...

 

Pequeña imagen del pequeño Jesús, doblemente pequeño. A través de esta imagen, tan pequeña, elegida por él mismo, se hace presente como Niño, para que aquellos que lo han olvidado lo encuentren. Es un modo de hacerse encontrar. Es una imagen para encontrarse con Él. Por eso, lleva necesariamente a la Eucaristía. Porque cuando uno se encuentra verdaderamente con Dios, desea unirse, desea comulgar con Él. Desea su presencia verdadera, real y sustancial. Es decir, de la imagen a la realidad escondida (Eucaristía) sin dejar la imagen, pero dando prioridad a lo real. Y de la realidad escondida (Eucaristía) a la realidad plena y directa, a la contemplación cara a cara con Dios que se dará en el cielo.

 

No desesperemos cuando parece que Jesús no está. Porque es cuando más está. Parece que no está: entonces está. Porque hace sentir su ausencia. Para hacer sentir su ausencia hay que estar de alguna manera presente...

 

Pidamos al Niño Dios la gracia de aprender a amarlo.  No nos cansemos de buscarlo y llenará nuestras almas. Imitemos a este Niño en su inocencia, espontaneidad, pureza, transparencia, amor y confianza a nuestro Padre y Madre del cielo, y juguemos con Él buscándolo. Supliquémosle a la Santísima Virgen poderlo hallar. La búsqueda es el inicio del amor. Y buscar es amar. Sólo el que ama Busca. Caminamos en la fe. Y la búsqueda finalizará en el cielo, donde estaremos plenamente con Él y sin ausencias.

 

Pbro. Carlos H. Spahn

 


EL DEMONIO DE LA INSATISFACCIÓN UNA TRAMPA DEL ENEMIGO DE LA NATURALEZA HUMANA

 

“En mi sed me dieron vinagre”. Nunca se ha visto jamás una persona padecer tanta sed de agua pura y fresca y suplicarla con tanta humildad y fuerza, como si tuviera suma indigencia y carencia completa de lo que pide como Jesucristo desde la Cruz. Se transforma así en un mendigo divino. El deseo de ser amado, de ser correspondido torturaban el corazón de Jesucristo en el trono más preciado de la Cruz. “En mi sed me dieron vinagre”. Jesucristo pide agua pura y fresca de amor y le damos vinagre de indiferencia, y mezquindad. Es justo también que el Señor escoja algunas personas víctimas de su divino amor que experimenten el vinagre del desprecio y la indiferencia de los hombres hacia él, para acompañarlo en su agonía. De todos modos tiene sed de ti.

 

Hay una tentación típica del demonio que consiste en producir en las almas un vacío de insatisfacción respecto de todo lo que hace. Se denomina a esta tentación como “demonio de la insatisfacción”. Produce ese estado en el alma y no la deja gozar de Dios, de su Amor, de su Bondad, de su Misericordia. De esta manera busca hacer insoportable la vida espiritual, hace entender que Dios está como enojado y que uno es un tibio. Si logra esto, tiene apresada al alma. Él sabe bien que si uno se convence plenamente de ser amado de Dios no podrá detenerlo en la vida espiritual porque del amor que experimenta hacia Dios surge un gozo y un deseo de amar que tiende a corresponder. Él quiere frenar el dinamismo de amor que consiste en recibir amor para dar asimismo amor. Debes sentirte amado de Dios, saberte amado, ya que es una verdad de fe que Dios nos ama aunque fueras un gran pecador. Goza, pues, de este amor aunque no lo sientas. Por eso digo saberte amado de Dios que es mejor que decir sentirte amado de Dios.

 

Debes, así mismo, tener cuidado con otra tentación que consiste en identificar la santidad con el perfeccionismo. La santidad consiste en la unión de voluntades con Dios y en hacer las cosas con mucho amor, hasta las pequeñas.

 

Otra tentación típica del maligno para las almas que buscan la santidad con firmeza es que no se soporten así mismas, es decir, no se perdonen nada y vivan tristes y angustiadas, cuando en realidad la debilidad nuestra debe ser motivo de mayor confianza en Dios. "Cuando soy débil, entonces soy fuerte" decía San Pablo (2 Cor. 12, 10).

 

Jesús es tu fortaleza y no tú mismo. Él levanta, tú no te levantas por sí. Él atrae, tú no puedes producir esa atracción.

 

El deseo que tienes de Dios es de Dios y no tuyo, ese deseo mismo de Dios es una gracia y un acto de amor. Una trampa del enemigo es que interrumpe el gozo que debe tener el miserable con la Misericordia. Goza pues de saberte deudor constante de Dios. No esperes estar “mano a mano” sin deberle nada, ya que esto no es posible. Somos una limosna de Dios, somos deudores de Él y Él así nos ama.

 

No permitas que el demonio estorbe en el gozo de tu Señor. Mírate y acéptate como eres en realidad, esto es un leproso ante el Médico divino. Acepta la diferencia abismal e infinita que hay entre la Santidad de Dios y tu condición de pecador. No esperes gozar y alegrarte cuando no tengas nada que reprocharte ya que esto no llegará nunca. En tanto vives triste y angustiado.

 

Ama mucho a la Sma. Virgen, conversa estas cosas con Ella. Siéntete como niño indefenso y débil en los brazos de su madre. Duerme en paz en los brazos de tu Esposo Divino. Goza la presencia Trinitaria en tu alma y conversa con los divinos Huéspedes.

 

No permitas que el demonio infiltre la idea en ti de que no serás amado de Dios hasta que te encuentres perfecto y sin falla alguna. Convéncete de que esto NO EXISTE. “En la tarde de la vida será juzgada en el amor”.

 

Aprovecha el tiempo para amar a Dios tal cual es. Y amarlo ahora y no después cuando venzas tal o cual defecto. Sé simple como lo es el mismo amor. Sencillo como un niño. Que el Divino Niño Jesús pueda jugar contigo.  Que sólo Él esté bien y no sienta el vinagre en su boca. Dale agua fresca y pura de la simplicidad, la humildad, la santa paciencia, la confianza y el amor desinteresado.

 

Que el Señor te abra la mente y el corazón para aprovechar cada minuto amando a quién te ama infinitamente, aunque no parezca o no lo sientas. Cuando parece que no está es cuando más está. Al Señor le encanta jugar a las escondidas, es una táctica del amor divino.

 

También el demonio suele, a las almas que aspiran a la santidad, colocarle sentimientos de tristeza, abatimiento, aburrimiento, hasta fastidio; pero Jesús lo vivió en el Huerto. Y le hace creer que eres tú. el que se pone triste, se abate, se aburre, se fastidia, etc., pero en realidad las coloca él. Todo consiste en saber que viene de afuera y no aceptarlas y no seguir el juego de creerse que es de uno.

 

Jesús en la Cruz peleaba por recibir un poco de oxígeno, ya que en la posición en que estaba no podía respirar bien. Ese oxígeno se lo proporcionan los actos continuos de amor que el alma puede realizar. No dejemos que se nos muera en la cruz por falta de oxígeno.

 

Un maestro de la vida espiritual decía: hay un secreto que sólo lo deben conocer quienes se prevé que lo van a aprovechar. Yo lo digo para ti. ¿Cómo se puede llegar a la cima del amor divino en un segundo? Realizando un intenso acto de amor. Si uno lo hiciera una vez al día, el alma quedaría llena del fervor divino. Si lo hiciera dos veces por día, y tres, y muchas, y casi permanentemente, en medio de sus quehaceres, entonces el alma quedaría en la unión más grande que se pueda imaginar, en el desposorio espiritual. Porque así el alma queda fortalecida y repleta del amor de Dios y Dios queda amando a la criatura como jamás podría uno imaginar. Es la posesión completa de Dios al alma.

 

Alerta a los engaños del maligno y no distraerte de tu Esposo Divino.

 

¡Ave María Purísima! 

 

Pbro. Carlos H. Spahn

 


DIOS, BELLEZA

 

Dice San Juan de la Cruz: Un pensamiento vale más que todo el mundo. Precisamente porque es la producción de un acto a imagen y semejanza divina. Un acto espiritual. Las maravillas de la creación, una flor, la más hermosa de todas, por ejemplo, no puede realizar un acto espiritual.

 

Las cosas son bellas pero no son La Belleza. Algunos poseen La Belleza en su interior y así contienen todas las cosas bellas.

Dios pintó una flor inigualable de belleza espiritual. Una gama de combinaciones de virtudes bellas, coloridas, llenas de matices en luces: me refiero al Primer amor del mundo, La Virgen María. Es la obra maestra de Dios. No significa que Dios haya agotado su capacidad de transmitir belleza, sino que esa Creatura ha agotado toda la capacidad que su condición requiere.

 

Son los Dones del Espíritu Santo los que hacen trascender la belleza creada. Los dones van más allá que nuestra propia capacidad. Las virtudes se realizan con la gracia y la colaboración de nuestra voluntad y cuando esta llega a su límite comienza a trabajar el don del Espíritu Santo. En este caso el don de Ciencia que hace ver en todas las cosas un reflejo ínfimo, pero real, de la misma Belleza encarnada.

 

El demonio es la maldad cuasi encarnada. Por tanto la fealdad total. Es "negro". Peor aún, no tiene matices, no tiene brillo. Mejor, es incoloro porque en él no está la Luz. No hay armonía. No hay perspectiva. No hay estética.

 

Se ve en muchas almas, a veces, mucha fuerza de voluntad. No se dejan pintar. Son ellas las que mueven la mano divina hacia donde Él no las quiere llevar. Hay que dejar que Dios pinte el alma. Los jansenistas pensaban que uno pintaba su propia alma. Santo Tomás enseña que no es así. Siempre la gracia precede a la acción del hombre. Por eso que siempre se comienza pidiendo (oración), a Dios su gracia y su acción en el alma. Uno colabora más bien quitando los obstáculos para que el Artista divino pinte su obra. El principal obstáculo es la falta de humildad.

 

Pedir el don de Ciencia y la virtud de la humildad (y el don de Piedad que viene en auxilio de esta virtud) es el camino que a veces Dios pide al alma. Por eso la Sma. Virgen María, en sus frecuentes apariciones siempre pide oración, oración, oración. No ha existido santo sin ella. Nunca es mucho. Pero no debemos convertir las oraciones en una máquina de producción. Es un diálogo. Él quiere hablar. No consiste en sólo la relación de uno hacia Dios, sino que se debe aprender a escuchar la melodía interior, el soplo divino del Espíritu Santo que es quién conduce las almas con paz y armonía interior.

 

Existe una escalera para llegar a Dios. Pero no se trata de una escalera fija sino “mecánica”. Una escalera que sube si uno no camina hacia atrás o se aferra a las cosas. Dejarse arrastrar por el amor divino en el silencio diario, en la manera humilde (que no es pequeñez sino grandeza) de sobrellevar las cosas, en la atención continua a las mociones del Espíritu Santo. La Beata Madre Maravillas de Jesús tiene un libro escrito titulado “Si tú le dejas...”, haciendo alusión a no poner obstáculos a la gracia.

 

La espiritualidad debe ser como aquel libro que escribió Edith Stein llamado: Por el camino del silencio interior... el título lo dice todo. El modo de encontrar la Belleza misma, no perceptible por ningún sentido, pero sí en lo más profundo del alma.

 

Todas las tormentas que se ciernen sobre la vida del hombre son como paja seca en la más grande hoguera cuando existe la humildad. Sólo el humilde descubre la Belleza infinita en un Varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento (Is 53, 3), donde no hay en Él parecer ni hermosura para que le miremos, ni apariencia para que en Él nos complazcamos (Is 53, 2), en un Siervo doliente, con todos sus huesos dislocados (Sal 23, 15), afeado a los ojos del mundo ya que no parecía un hombre sino un gusano, uno ante el cual se oculta el rostro (Sal 22, 7), y, aunque parezca escandaloso, hasta abandonado de Dios (Sal 22, 1).

 

Hay una jaculatoria bíblica muy linda que se puede repetir con frecuencia: Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro.

 

Pbro. Carlos H. Spahn

 


LEYENDO EL DIARIO DE SANTA TERESA DE LOS ANDES

 

Leyendo el diario de Santa Teresa de los Andes, entendí que en esta vida es importante que el alma se “haga Dios” por la unión. Que no importa el fervor sensible, sí la completa unión con él en la voluntad y en el pensamiento. Que es importante que en esta vida se produzca una unión total. Se glorifica a Dios con esto muchísimo. No se puede hacer en la otra vida. Las benditas virtudes son sumamente necesarias. La abnegación permanente y el espíritu de sacrificio en lo más mínimo. Jesús, en su infinito amor quiere que tengamos sumo cuidado en la realización de nuestras tareas, no teniendo imperfecciones voluntarias en nada, ni en lo más mínimo. Aunque estas cuesten mucho. Quiere el recogimiento continuo, sin el cuál es imposible no caer. Que todo se haga por amor y un profundo espíritu de fe.

 

No importa si en la oración no hay nada de fervor sensible, Él observa con amor y ama mientras uno se mantenga firme en buscar continuamente el recogimiento, la atención y el amor. No importa si uno aparentemente no sacó nada de la oración, basta que Dios sea glorificado.

 

¡Qué misterio la vida! ¡Qué responsabilidad pesa sobre cada uno! Es importante cada respiración, cada segundo, cada pensamiento y afecto.

 

No existe una transformación rápida del alma, a no ser que haya una intervención especial de Dios. Lo ordinario es el progreso en el tiempo. Este tiempo puede ser mayor o menor de acuerdo a la mayor o menor entrega o muerte de sí mismo.

Hay almas que se deciden con todas sus fuerzas pero al poco tiempo caen y se desaniman. Dios no permitiría nunca, en su infinita bondad, que el alma se edifique así misma. Se arruinará del todo, ya que la soberbia es el mayor obstáculo para que Dios obre en el alma.

 

Se requiere, por tanto, suma humildad y juntamente esa entrega generosa. La entrega debe ser ejercitada conjuntamente con las humillaciones aceptadas con amor y buscadas y ejercidas voluntariamente.

 

Se crece más rápidamente con una humillación aceptada, querida, deseada y buscada que con una penitencia voluntaria.

 

Tan importante es la humildad para un alma que el Señor prueba a fin de mantenernos en ese estado. A Santa Teresa de los Andes, Jesús le hablaba al corazón. Pero dos veces le dijo cosas que no se cumplieron. Es la infinita bondad, las travesuras del Esposo del alma. La criatura así nunca pondrá su esperanza y fe en esas palabras de Jesús al alma, sino en el mismo Jesús. No en las palabras que escucha sino en la misma persona de Jesús que murió por ella y ha dejado el camino de la salvación a través de la recepción de los sacramentos, de la práctica de las virtudes cristianas. No en esas palabras sino en la obediencia. No en esas palabras, aunque sí en los efectos que producen en el alma cuando son de Jesús, esto es: una profunda humildad, un amor ardiente, un impuso de entrega y muerte así mismo, deseos de penitencia y oración.

 

Santa Teresa lo dice de esta manera: “N. Señor me habla, pero muchos menos. Y ahora nunca me dice nada que no sea sólo para mi alma, pues una vez le comencé a preguntar muchas cosas que no se relacionaban con mi alma. Entonces me dijo que nunca le preguntara, sino que me contentara con lo que Él me decía. Sólo dos veces me ha dicho cosas que no se han cumplido. Por eso, desconfío sea N. Señor el que me habla. Sin embargo, sus palabras siempre me dejan paz, humildad, arrepentimiento y recogimiento” (Diario Nº 87, carta al P. Antonio María Falgueras).

 

Para amar verdaderamente a Dios y seguir el llamado a la santidad el alma llega a experimentar, muy frecuentemente, una violencia interior muy grande. Un desgarramiento interior por morir a ciertas cosas que lo apartan un poco de Dios. Es importante esta violencia interior, verdadera penitencia. Ya que Jesús mismo dijo en el Evangelio que el Reino de Dios es para los que se hacen violencia: “La Ley y los profetas llegan hasta Juan; desde ahí comienza a anunciarse la Buena Nueva del Reino de Dios, y todos se esfuerzan con violencia por entrar en él” (Lc. 16, 16).

 

Pbro. Carlos H. Spahn

 


MARANHATÁ ¡VEN SEÑOR JESÚS!

 

Toda la Iglesia, dese los inicios en Pentecostés, está implorando y desea fervientemente la venida de Cristo. Esa venida completará toda la obra de la redención; toda la historia de la salvación. La venida de Cristo debería ser para todo cristiano un anhelo, un gozo, un sueño, un deleite, una constante espera. La Iglesia lo pide diaria e incesantemente en el acto más perfecto y santo que Cristo nos ha dejado: la Santa Misa. En el mismo sacrificio de Cristo, en el momento más importante de ese sacrificio, cuando acaba la consagración, el sacerdote dice: "este es el misterio de la fe" y todos respondemos: "anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!". Y en la oración por excelencia, Cristo nos enseñó a pedir su venida: "venga a nosotros tu Reino".

 

México, Juan Pablo II, Fátima Guadalupe, segunda venida

 

El Beato Juan Pablo II tenía una clara visión profética de los acontecimientos. Él juzgaba que el futuro de la Iglesia estaba en Latinoamérica, especialmente en México. Tenía puesta la esperanza de un resurgir del cristianismo desde México, cuna de la Virgen de Guadalupe. La gran evangelizadora. La imagen de Guadalupe no se borra porque su misión continúa. No es sólo para hablar de la primera venida en Carne, sino también de la segunda venida en gloria y poder. Por esta razón le dedicó tanto a esta nación. Por eso vino con frecuencia y se gozaba de estar en la tierra de la Virgen María. Tierra ya preparada con el elemento vital: la sangre de los mártires. Esto es semilla para nuevos cristianos. Es semilla para un nuevo resurgimiento. Nada se pierde. Aún no hemos visto el fruto de la sangre de tantos mártires mexicanos. Estamos convencidos de que en un momento comenzará a dar frutos cuantiosos. Todo está guardado para el momento oportuno, como también María guardaba y meditaba todo en su Corazón para un momento oportuno de la historia: la preparación a la segunda venida.

 

Es hora de mirar el Corazón de la Virgen de Guadalupe, sólo así entenderemos su providencial intervención en la historia, no sólo de México sino de todo Latinoamérica y el mundo. Creemos que desde México saldrá una restauración. Desde la cabeza de Latinoamérica (México) hasta los pies (Argentina) y de allí al mundo entero.

 

Esta visión que tenía el Papa, es también una visión de muchos más y también la nuestra. Por eso nos ponemos al servicio del triunfo del Inmaculado Corazón de María y nos extendemos con la Tercera Orden a todas las personas que se sientan llamadas a trabajar al servicio de la Madre de Dios.

 

Es el momento de vivir la vida religiosa y laical con el espíritu que San Luis María Grignión de Montfort profetizó para los últimos tiempos en su oración abrasada.

 

Nadie sabe el día ni la hora, pero sí podemos saber que nos encontramos en los últimos tiempos, porque esperamos ya la segunda venida. Etapa final de la historia. Jesús mismo nos enseña a discernir los tiempos finales "De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todo esto, sabed que El está cerca, a las puertas" (Mt. 24, 32-33); "Fijaos en lo que sucede con la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, conocéis que se acerca el verano. Pues lo mismo vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que El está cerca, a las puertas" (Mc. 13, 28-29); "Les añadió una parábola: Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca" (Lc. 21, 29-31); Cuando ven levantarse una nube por el poniente, al instante dicen: 'va a llover'. Y así es. Cuando sentís soplar el viento sur, dicen: 'va a hacer calor'. Y así sucede. Hipócritas; saben juzgar del aspecto de la tierra y del cielo; ¿pues cómo no juzgáis del tiempo presente? (Lc. 12, 54-56).

 

                                                                                Pbro. Carlos H. Spahn

 


LA ORACIÓN EN EL HUERTO

 

23 horas. Casi medianoche. Jesús había celebrado la pascua con sus discípulos con un amor que no podía contener: “ardientemente he deseado comer con vosotros esta pascua”. Camina hacia el Huerto atravesando el torrente Cedrón. Un profundo silencio envolvía a todos pero particularmente el corazón de Jesús. Sigue Jesús la subida del monte sin vacilar y con pasos firmes. Deja 8 apóstoles en un lugar y se lleva tres más adentro aún. Luego se retira aún más hacia la soledad y oscuridad de la noche. No sopla viento, se oyen los grillos de fondo. Una profunda angustia invade el alma de Cristo. Cae de rodillas. Se lo ve temblar. Se experimenta solo. Parece que Dios no está. No están tampoco sus amigos que comienzan a dormirse. Sólo uno está despierto pero maquinando su traición y Él bien lo sabe. Tedio, angustia, temor, abandono, desprecio. ¿Dónde está el Padre? ¿Dónde están todos? Jesús comienza a temblar como una hoja mecida por el viento. Afuera está sereno, es dentro de Jesús que se desata la tormenta. Comienza su agonía. Agonía incomparable debido a la naturaleza que tiene; una exquisita sensibilidad como nadie en el mundo la puede tener.

 

Tratemos de ver qué sucede dentro del alma de Jesús. Tratemos de meternos en su corazón Santísimo. Veamos qué es lo que pasaba en el Hijo de Dios. Jesús mismo reveló a varios santos que el Huerto constituyó su mayor sufrimiento, más que la misma cruz. ¿Por qué? Veamos.

 

1)      En esos momentos comenzó a revivir todos los sufrimientos físicos que vendrían. Veía cómo sería traicionado por su amigo Judas. Sentía ya en su carne los empujones, los golpes, las escupidas, la caña que azotó su cabeza, el desprecio, la burla, la injuria. Experimentaba anticipadamente la corona de espinas, cómo esas largas espinas penetraban sus carnes y tocaban los huesos de su cabeza, pero más percibía el odio con que se la clavaban. Los insultos que harían a su madre, las maldiciones que le echaban. Pudo ver y vivir latigazo por latigazo en la flagelación; el odio con que depositaban sus golpes, la carne divina que se abría y la sangre que caía por el suelo y era pisoteada. La cruz que debía llevar y el terrible dolor de su hombro derecho. Las caídas que desfiguraban su rostro, rompían sus labios, pómulos, rodilla. La soga con que era atado taladraban sus carnes. La vestidura que arrancaban sin piedad y los clavos que atravesaban su santo cuerpo. Las horas de agonía solo y abandonado en la cruz, peleando con la naturaleza para poder respirar un poco de oxigeno. Todo esto y más vivió en el Huerto solo, completamente solo y “abandonado” por Dios y los hombres.

 

2)      Los sufrimientos psíquicos. El saberlo todo de antemano era para el  una tortura psíquica. Lo llevaba al abatimiento total. El demonio le decía: “no podrás con todo esto”, “renuncia a todo”. “Pasa de mí, Señor este Cáliz, decía, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Veía con su entendimiento todos los pecados de la humanidad. Las traiciones de sus amigos, de sus consagrados. Las persecuciones a su Esposa la Iglesia. Los pecados de cada uno de nosotros. Los desprecios. Los pecados de toda la humanidad, del pasado, del presente y del futuro. Los atentados contra la vida, el aborto, la delincuencia, la droga, el sexo desenfrenado, la corrupción de sus predilectos los niños. La condenación de tantas almas que a pesar de su entrega, dolor, muerte, veía cómo caía todo en el vacío.

 

 

3)      Los sufrimientos morales. Las humillaciones morales se agregaban al tormento. Las burlas al Hijo de Dios. Veía cómo lo desnudaban y se reían, desnudo delante de todos los curiosos espectadores. Veía los insultos a su madre, como era común en las crucifixiones. Las frases insolentes como: “pudo salvar a otros que se salve así mismo”; “si eres Hijo de Dios baja de la cruz…”. La misma crucifixión que era símbolo de la maldición para una persona. Si sólo fueran sus enemigos quienes lo traicionaban pero era sus amigos, esto produjo mucho dolor en Jesús; sí sus amigos que lo traicionan, usted, yo, todos.

 

4)      Los sufrimientos espirituales. Llegamos aquí a lo más terrible. A lo incomprensible. ¿qué es esto Dios mío? Algo que muchos desconocen. Es la tortura más grande de Jesús. Se vio así mismo pecado, sin haberlos tenido. Se vio sucio, estando limpio. Se vio despreciado del Padre. Al haber asumido el pecado de todos sobre sí mismo veía cómo lo veía el Padre. Se sentía rechazado por Él. Él la santidad más grande se vio la miseria más profunda. Y estaba solo, completamente solo y nadie respondía. El Hijo de Dios veía la Santa Ira del Padre que caía sobre Él. Algo así como cuando uno se siente despreciado y abandonado de Dios pero llevado al extremo. Esto era tan fuerte que sudores de sangre corrían de su rostro. La tensión y el dolor rompían los vasos sanguíneos. Pedía ayuda y nadie se la daba, sus amigos dormían. Veía cómo su sangre, que tanto estaba costando para muchos sería causa de burla y la dejarían caer al suelo sin recibirla en su corazón. ¿Para qué todo esto? le decía el demonio; mira a dónde terminará todo; mira cómo te ha abandonado tu Padre; mira tus hermanos, mira, mira, mira… Jesús estuvo al borde de la muerte y ya no podía más.

 

Esto es apenas una idea, un bosquejo de los terribles sufrimientos de Jesús. Sólo la Sma. Virgen supo esto ya antes y seguramente se unía a Él con idénticos tormentos en la soledad de su habitación.

 

¡Jesús, y yo me quejo de sentirme solo! ¡Y cuántas veces digo ya no puedo! Y sólo vivimos una partecita muy pequeña de ese misterio de dolor. No dejemos de acompañarlo en este misterio porque le produce consuelo. Dice el Evangelio que luego vinieron los ángeles y lo confortaron. ¿Qué le dirían? Le harían ver cuántas almas víctimas y santas obtendrían tanto fruto. Le harían ver las almas elegidas que le producirán consuelo en la historia. Y esto lo llenaba de gozo.

 

 ¡Ave María Purísima!

 

P. Carlos H. Spahn

 


CARTA A JESÚS

 

Señor, perdona mi atrevimiento. No puedo callar y ocultarte lo que pienso. Lo que fui descubriendo de Ti. Te he descubierto “débil”. Tú el Dios Fuerte, ahora débil. Con debilidad. Imposible de ocultar.

 

Todo comenzó cuando te vi llorar. Ciertamente que en mi imaginación, como fruto de la lectura de los evangelios. Vi cómo llorabas por tu ciudad Santa y por el Templo. En tu exquisita y delicada sensibilidad de hombre perfecto, te estremecías ante esta realidad. El Templo y tu Ciudad. El Templo, es decir, el templo material y el templo espiritual; la Ciudad, es decir, el pueblo de Israel y tu Iglesia, Nuevo Pueblo.

 

Pero te he visto llorar viendo a Marta y María y tantas almas conmovidas en su interior ante la muerte de Lázaro. ¿Por qué lloraste Jesús? Si Tú sabías que lo ibas a resucitar. No era por Lázaro. Tampoco por los presentes. Era por la mortal miseria de toda la humanidad, consecuencia del pecado. Sí Jesús, no has podido esta vez ocultarlo. Te he visto, no lo puedes negar.

 

He visto tu debilidad. Una debilidad que procede del amor y no del temor. Escuché la infantil excusa que le hacías a Tu Padre y nuestro Padre, cuando pendías de la Cruz. Bien sabías que te escucharía. Pero se te ha ido un poco, te has salido de la órbita humana. Le has dicho: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. ¿No saben? ¿Por qué has dicho esto Jesús? ¿En quién pensabas? Tú sabes bien que Tu Padre lo sabe todo. Por eso le decías “no saben”… porque Tú sabías que Él conocía que sabían lo que hacían. Si no, ¿por qué lo has dicho? Si no sabía que desconocían lo que hacía no se lo hubieras dicho. Ahora ¿por qué dices que no saben?

 

Perdonar es amor, pero excusar es el colmo del amor… excusar ante todas las evidencias… eso es locura de amor. Sabían quién eras y sabían que te estaban humillando y quitando la vida con burlas y sarcasmos. Y éramos todos nosotros. Era yo. ¿Cómo no van a saber quién eras si acabas de resucitar a Lázaro podrido ya en el sepulcro? ¿Cómo no van a saber quién eras si ellos eran especialistas de las Escrituras, Doctores y Maestros? Y las Escrituras te describen en toda su perfección y claridad. ¿Cómo no van a saber quién eras si Tú mismo dijiste ser igual al Padre? Dijiste “YO SOY”; “… antes que Abraham existiera Yo Soy…” Tus palabras fueron confirmadas con milagros ante miles de testigos. Conocías los corazones, las cosas ocultas, caminabas sobre el agua, te transfigurabas, etc. ¿Y dices que no sabían?

Jesús, he descubierto tu debilidad. Cuando ves a un pecador haces locuras. No te mantienes en tu sano juicio. Cometes locuras y dices incongruencias… pierdes la cabeza… un infinito impulso brota de tus entrañas sagradas e irrumpes sin pensar… ¡Oh santa locura! ¡Oh santo amor!

 

He descubierto un secreto y lo quiero compartir. Tú no necesitas nuestras fuerzas sino nuestro abandono y confianza en Ti. Esto te basta. ¡Es tan fácil para Ti!

 

Un ángel me ha dicho un secreto que ahora quiero compartir. No te han matado, has muerto de amor... Mueres a cada instante… Al que quiere matarte sin tregua lo persigues. Ellos huyen viendo en Ti un verdugo, pero corres para ungirlo con aceite de misericordia y bálsamo de amor. Lo que ocurre es que no creen en la locura divina. Todo lo ven con la “lucidez y cordura” humanas y no entienden la locura divina. ¡Oh, si se dejaran atrapar por la “Debilidad” misma! ¡”Si supieran de tu debilidad”!

 

P. Carlos H. Spahn

 


MEDITANDO EN VOZ ALTA

 

Viene a mi mente aquella frase dirigida por Jesucristo y un alma muy amada por Él. Dios dice al alma: “Hijo, une tu entendimiento a mi entendimiento, tu voluntad a mi voluntad, tu corazón a mi corazón en el vínculo suave del amor compartido”.

 

Estas palabras contienen un significado muy profundo como no puede ser de otra manera en labios de Jesús.

 

En cuanto al entendimiento. Con el don de la fe unimos nuestro entendimiento al entendimiento divino porque conocemos como Dios conoce las cosas. Aunque no las entendemos en toda su profundidad, ya que Él es “Manantial inagotable para las almas”. También significa una atención amorosa de nuestro entendimientos a las cosas divina. Vivir en la presencia de Dios, con el pensamiento puesto en Él, de una manera suave y constante. Hay un dicho que dice: lo que más tiempo dedica tu atención es lo que más amas en tu corazón. Una persona que vive apegada al dinero, por ejemplo, piensa constantemente cómo aumentar sus caudales; una persona vanidosa piensa la mayor parte del tiempo cómo arreglarse. Así, una persona enamorada de Dios piensa y piensa en Él, cómo amarlo, cómo servirlo, cómo es Él, qué le agrada, en qué piensa, cómo ve las cosas. Se pregunta a cada instante cómo haría Él las cosas, cómo quisiera que yo la haga. Así de esta manera nuestro entendimiento se une al entendimiento divino y así quiere Él que sea. Nos podemos preguntar: ¿en qué pienso la mayor parte del día? Para saber qué es lo que amamos.

 

En cuanto a la voluntad. Hay un dicho que dice: “Allí donde está tu tesoro está tu corazón”. La santidad consiste justamente en la unión de voluntades con Dios. Más que ir mirando si somos santos o no, busquemos y empleemos todo el tiempo en conformarnos a la Santa Voluntad de Dios, ya que esto es la santidad. No consiste la santidad en la penitencia, en la humildad, en la paciencia, en la perseverancia, etc. Sino en el perfecto cumplimiento de la Volunta de Dios, porque podemos hacer penitencia, podemos ser humildes, pacientes, etc., pero carecer de la intención de hacerlo porque a Dios le agrada. De esta manera el alma se olvida completamente de sí para estar atento sólo a hacer la amorosa Voluntad divina. Ya el alma no se dedica a imaginarse cómo ella quiere ser santa, no vive soñando lo que le gustaría ser, sino que sólo piensa en hacer en el momento presente la Santa Voluntad de Dios.

 

En cuanto al corazón. Si Dios dice solamente une tu entendimiento y voluntad a mi entendimiento y voluntad y no dice une tu corazón a mi corazón se correría el riego siguiente. Cuando decimos corazón entendemos toda la parte sensitiva, sensible del hombre. El hombre no es sólo entendimiento y voluntad sino que también tiene un cuerpo. El riesgo es, por tanto, amarlo sin el cuerpo. Él pide todo el ser. Alma y Cuerpo. Adhesión a su amor con un amor espiritual y sensible incluso, sin caer en la devoción puramente sensible que sería el otro extremo. Es decir guiarse sólo por lo que siento y me gusta. Pero cuanto está la unión de entendimiento, voluntad y corazón el ama queda totalmente inundada en Dios. Puede incluso derramar lágrimas de amor y de dolor. Hasta cansarse físicamente por Él. Por eso el alma debe rezar con la mente, la voluntad, pero también con el corazón. Por eso el primer mandamiento de la Ley de Dios dice: “Amarás a tu Dios con toda tu mente, con todo tu corazón y con toda tu alma, y al prójimo como así mismo.”

 

En el vínculo suave del amor compartido. Le llama el Señor, “vínculo suave”. Es la suavidad que proviene del amor de Dios. Suave con la delicadeza más grande que se pueda imaginar, superando la suavidad y ternura de todas las madres del mundo. Es la suavidad con que Dios se comunica y guía a las almas; es la suavidad de los Dones del Espíritu Santo; la suavidad de la Cruz de Cristo; la suavidad de su Cuerpo y Sangre; la suavidad del cielo prometido. Es vínculo porque es verdadera transmisión divina. Es vínculo sellado porque nada puede apartarnos de Él. Es vínculo eterno porque no cesará jamás.

Este suave vínculo del amor compartido se da de manera particular en recepción de la sagrada Eucaristía. Ahí se sella más ese vínculo.

 

Por todo esto Él nos dice: “Hijo, une tu entendimiento a mi entendimiento, tu voluntad a mi voluntad, tu corazón a mi corazón en el vínculo suave del amor compartido”.

 

¡Ave María Purísima!

 

P. Carlos H. Spahn

 


TIBERIADES, ANTICIPO DEL CIELO

 

El pasaje que leeremos y meditaremos lo escribió el discípulo amado de Jesús. El que escribió: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocando al Verbo de vida... os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros.” Él vivió de una manera particular la escena siguiente que contemplaremos. Él pudo decir: Mi pluma será mi alma, la tinta mi sangre.

 

Para hacer esta meditación es conveniente el silencio y recogimiento. Colocarse en el corazón de San Juan que mucho sabe del amor de Cristo. Pedirle el corazón a San Juan para experimentar en ese lugar, la playa de Tiberiades, el profundo amor que lo envolvía. Para contemplar esta escena es conveniente transportarse allí, junto a Jesús. Es la fruición del banquete entre los que se aman.

 

Jn 21, 1-25:

Después de esto, se apareció Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberiades. Se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, llamado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea y los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: “Voy a pescar.” Le contestan ellos: “También nosotros vamos contigo.” Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la playa; pero los discípulos no se dieron cuenta que era Jesús. 

 

Les dijo Jesús: “Muchachos, ¿no tenéis en la mano nada de comer?” Le contestaron: “No.”

 

Él les dijo: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.” La echaron, pues, y ya no podían arrastrar la red por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: “Es el Señor”; Cuando oyó Simón Pedro que era el Señor, se puso la sobretunica -pues estaba desnudo- y se arrojó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. Cuando bajaron a tierra, vieron preparadas unas brasas encendidas y un pez sobre ellas y pan. Les dijo Jesús: “Traed de los peces que acabáis de pescar.” Subió Simón Pedro y arrastró la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dijo: “Venid y comed.” Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres tú?”, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

 

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te amo.” Le dice Jesús: “Apacienta mis corderos.”

 

Vuelve a decirle por segunda vez: “Simón hijo de Juan, ¿me amas?” Le dice Pedro: “Sí, Señor, tú sabes que te amo.” Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas.” Le dice por tercera vez: “Simón hijo de Juan, ¿me amas?” Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: “¿Me quieres?” y le dijo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.” Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.” Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: “Sígueme.”

 

Pedro se vuelve y ve que los sigue detrás el discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había  recostado en su pecho y le había dicho: “Señor, ¿quién es el que te va a entregar?” Viéndole Pedro, dice a Jesús: “Señor, y éste, ¿qué?”. Jesús le respondió: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú, sígueme.” Se divulgó, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: “No morirá”, sino: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?.”

 

Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.

Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.

 

Comentario de este maravilloso y misterioso suceso

 

Es la tercera vez que Jesús se aparece, no en forma individual, sino en conjunto. En este caso había 7 apóstoles. Sucedió en Galilea. En el mar de Tiberiades o mar de Galilea. Jesús ama mucho este acontecimiento. Ha inspirado a San Juan a pintar la escena de una manera extraordinaria. En ellos mismos se había grabado tanto, que frecuentemente lo comentaban y recordaban. Era maravilloso ver la figura de Jesús, lleno de luz ahora, de esplendor y majestad revestido, comer con ellos. Era Él. Les había preparado la comida. En un profundo y misterioso silencio de amor, comían en torno al Verbo divino. Era el banquete anticipado del cielo.

 

Pedro, familiarizado con el lugar donde se encontraba, por vivir en esa zona, decide por cuenta propia abocarse al trabajo de la pesca. Los otros discípulos quieren ir con él. En pocos minutos, ya tenían todo preparado para la pesca. Estuvieron toda la noche... pero no pescaron nada. La pesca simboliza la acción apostólica, por eso Cristo había dicho ya a los apóstoles: “Os haré pescadores de hombres”. La pesca de Pedro es totalmente ineficaz. A diferencia de lo que sucederá con el mandato de Cristo con solo tirar una vez las redes. La diferencia radica en que en una de las pescas el que decide pescar es Pedro y los demás lo acompañan. En la segunda la pesca es por mandato de Cristo. ¡Cuánto aprenderá la Iglesia en la persona de Pedro esta enseñanza! Las obras apostólicas no se hacen por cuenta propia, no tienen fruto. Se hacen en nombre de Cristo y por su mandato expreso. Si se hace así es porque hay humildad. De la otra manera, es la fuerza del hombre que intenta tener frutos por sí, al margen de Dios. No habían pescado nada, todavía no había venido sobre ellos el Espíritu Santo, no había llegado aún Pentecostés. Aprendieron también que las obras se hacen en plena luz y no en la oscuridad de la noche. Es decir, se hacen en gracia de Dios y no en la oscuridad del pecado.

 

Durante toda la noche, muy probablemente los apóstoles hayan estado hablando de Jesús. Detalles de su vida. Ya lo habían visto resucitado dos veces en grupo. Otras apariciones había realizado Jesús con muchas otras personas en forma individual, entre ellos a Pedro. Lo extraño para todos resultó el amanecer. Estaban en silencio porque un marco especial rodeaba a los apóstoles. En el horizonte vislumbraban, mezclado aún con el brillo de algunas estrellas, la luz de la aurora que se iba lentamente imponiendo. Una gran calma en el mar. No soplaba viento. Verían las montañas que rodeaban el enorme lago, como dormidas y envueltas aún en el silencio del reposo. El interior de cada uno de los apóstoles se encontraba preparado por la naturaleza entera que los rodeaba para presenciar algo único. En medio de este sagrado y envolvente silencio, allí en la playa, la figura esbelta de un hombre. Les dijo Jesús: “Muchachos, ¿no tenéis en la mano nada de comer?” Le contestaron: “No.” Él les dijo: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.” La echaron, pues, y ya no podían arrastrar la red por la abundancia de peces.”

 

Jesús no se dejó ver pero estaba allí. Había ocultado el esplendor de la gloria de su alma y la claridad del cuerpo glorificado. Jesús estaba allí y estaba más que nunca. Parecía que no estaba pero era cuando más estaba. Es el juego del amor divino. Es el Esposo en busca de la esposa. Es el amor del Maestro que enseña, educa, fortalece y eleva el alma al amor más ardiente, purificándola en el crisol del sufrimiento, que es la noche del sentido y del espíritu.

 

Ahora por mandato de Jesús la pesca era otra. La diferencia era esencial. Bastó tirar la red una vez. Hacia la derecha, lugar donde Jesús pondrá a las ovejas a diferencia de los cabritos que estarán a la izquierda. Los de la derecha tendrán el derecho de ingresar al banquete eterno. La red simboliza la Iglesia de Cristo. Red tirada por Pedro a la cabeza y los apóstoles, por mandato de Cristo, a recoger las almas que se salvarían. Ahora sí, con la gracia de Dios, era de día; con la humildad y obediencia a Cristo que indica incluso el lugar, la pesca es asombrosa. Hombres acostumbrados a la pesca se admiran. Nunca han visto cosa parecida. Sin embargo, con ser tantos peces la red no se rompió, porque la Iglesia es infalible y tiene la asistencia del Espíritu Santo, no puede romperse. Es la Esposa de Cristo, la Iglesia bañada con su sangre divina. Subió Simón Pedro y arrastró la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Los peces simbolizan las almas. Nadie se pierde en la Iglesia Católica, la red no se rompe, la Iglesia es de Cristo.

 

Pero uno de los apóstoles que estaba en la barca advierte lo que los otros no parecen advertir. Había alguien que tenía una mirada especial. Ya lo había dicho Jesús: “Bienaventurados los puros de corazón porque ellos verán a Dios”. Era Juan, el discípulo amado de Jesús. Juan vislumbra una luz especial en ese hombre. Advierte el esplendor del amor divino que manaba de su corazón. Ese corazón le era familiar. Él lo había conocido de modo especial. Había recostado su cabeza sobre el pecho de su Maestro y había escuchado la melodía divina, los latidos de su divino corazón. ¿Qué había escuchado? Un profundo gemido. Había escuchado las quejas amorosas de Jesús. Escuchó gritos silenciosos y lamentos. Era como un corazón que agonizaba. La razón: no podía vivir sin el amor de los hombres. Ahora es el único que ve a Dios en ese hombre. El único que reconoce a Cristo. Lo invade la alegría y el gozo del alma y exclama: “Es el Señor”; Cuando oyó Simón Pedro que era el Señor, se puso la sobretúnica -pues estaba desnudo- y se arrojó al mar.

 

San Juan simboliza la caridad y Pedro la fe. La fe es primera y más necesaria pero la caridad es la más excelente de las virtudes. La caridad tiene intuiciones que sobrepasa la razón. Pero no se puede tener caridad si no se tiene fe. Como la fe es primera virtud pero no tiene la excelencia de la caridad que intuye, Pedro, la fe, se lanza en primer lugar en busca de Jesús, pero Juan, la caridad, es el que descubre al amado.

 

Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. La playa donde está parado el Maestro simboliza la tierra firme, es decir, el cielo. Los apóstoles se encuentran en el mar que simboliza el mundo, un lugar donde el hombre es agitado por muchas dificultades. Los apóstoles se dirigen a la playa con los peces en la red, que no está muy lejos. Porque la vida sobre la tierra es como un soplo. Es el camino de la Iglesia que peregrina al cielo, donde se encontrará con Cristo que espera la llegada de las almas en su Iglesia, guiada por Pedro (Papa) y los demás apóstoles (Obispos).

 

Cuando bajaron a tierra, vieron preparadas unas brasas encendidas y un pez sobre ellas y pan. Los apóstoles comprendieron enseguida. Cristo era el pez. Al estar sobre la parrilla asándose les recordaba la pasión de Cristo. Las brasas encendidas les recordó la ardiente caridad de Cristo. El pan, la Eucaristía, el memorial que había dejado en la Última Cena. Y todo el conjunto: el banquete eterno, preparado por Cristo junto al Padre. Banquete que se da en el interior de cada alma en forma anticipada. Banquete de bodas entre Cristo y cada alma que se anticipa ya aquí en la tierra por el amor ardiente de Caridad entre ambos. Es lo que advirtió el apóstol San Juan, el contemplativo, que con ojos puros veía más allá siempre. Él escribirá el Apocalipsis y describirá el banquete de Cristo con las almas: “Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguien escucha mi voz y abre la puerta, Yo entraré en él y cenaré con él y él Conmigo” (Ap 3, 20). Adviértase que no sólo cenará Cristo con el alma sino el alma con Cristo, eso es el amor, comunión de bienes. Intercambio y donación total. La puerta a la que llama el Esposo es el corazón humano y la cena es el banquete eterno anticipado.

 

Les dijo Jesús: “Traed de los peces que acabáis de pescar.” Subió Simón Pedro y arrastró la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Es Pedro el que busca la red, es decir el guía de la Iglesia. Llevar los peces a la orilla simboliza el fin del mundo y la llegada a la playa el cielo. Nos recuerda el juicio de Dios, las almas presentadas ante Cristo. San Juan coloca en su evangelio la cifra exacta de peces que están en la red, porque Cristo conoce a cada alma y ninguna escapa de su amor divino. San Jerónimo, del siglo IV, cuenta que en esa época, la de los apóstoles, se conocían en el Mar de Galilea (Tiberiades), ciento cincuenta y tres especies distintas de peces. Era el número exacto que simbolizaba la salvación de toda clase de personas, donde entran los distintos colores, razas, pueblos y naciones. Es decir, la catolicidad de la Iglesia. 

 

Jesús les dijo: “Venid y comed.” Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres tú?”, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se los da; y de igual modo el pez. Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Jesús dijo “venid y comed”. El banquete lo prepara Jesús y el alimento es Él mismo. La comida preparada por Cristo nos recuerda también el gozo después del trabajo apostólico, el premio luego de la labor realizada. Es el banquete eterno preparado por Cristo. Les da el pez y el pan, las dos cosas que lo representan. Él ya había hecho la multiplicación de peces y panes dos veces, pero este pez y este pan eran especiales, es el que está reservado en el cielo y que ahora se anticipa, figura de la Eucaristía.

 

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres tú?”, sabiendo que era el Señor. Es el amor. El amor contempla en silencio. El amor se deleita ante el Amado, con sola su presencia. Sobran las palabras. La admiración y el gozo de los Apóstoles eran tales que el silencio era lo que más deseaban. Jesús los miraba. De él brotaba un profundo amor. Aumentaba en ellos el deseo del cielo, pero antes debían trabajar mucho y derramar su sangre por el Maestro. Cristo, luego de la comida, se lo recordará a Pedro.

 

Jesús un día nos dirá: “traed aquí los peces”. Cada uno debe llevar en su propia red, que es la Caridad, los peces recogidos, las obras personales de cada uno. Le dirá al sacerdote, a los padres de familia, al político, al médico, al abogado, al barrendero, al comerciante, al maestro: ¿dónde están los peces?.

 

Esta aparición de Cristo suscitó en los Apóstoles y suscita en nosotros el deseo del cielo. Nos hace tener nostalgia de cielo. El cielo consiste en la visión facial y goce fruitivo de Dios con todo el conjunto de bienes que le acompañan. Es la posesión plena y perfecta de una felicidad sin límites, totalmente saciativa de las apetencias del corazón humano y con la seguridad absoluta de poseerla para siempre. Es la bienaventuranza exhaustiva y total. Es la reunión de todos los bienes en estado perfecto y acabado. Es el bien perfecto que sacia plenamente los apetitos. El discípulo amado escribió: “Carísimos, ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que cuando aparezca, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es (I Jn 3, 2).

 

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te amo.” Le dice Jesús: “Apacienta mis corderos.” Vuelve a decirle por segunda vez: “Simón hijo de Juan, ¿me amas?” Le dice Pedro: “Sí, Señor, tú sabes que te amo.” Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas.” Le dice por tercera vez: “Simón hijo de Juan, ¿me amas?” Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: “¿Me quieres?” y le dijo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.” Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas. Pedro había dicho una vez a Jesús: “aunque todos te abandonen yo no, daré mi vida por ti”, Jesús lo corrigió y le dijo que lo negaría tres veces. Y fue así, lo negó y su vida no la dio. Pero ahora Jesús hace reparar las tres negaciones con tres actos de amor y luego le dice: En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.” Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: “Sígueme.” Jesús le decía que ahora sí, esta vez daría la vida, no porque se le ocurriría a Pedro como la primera vez, sino porque esta segunda vez se lo pediría la voluntad divina de Jesús. La primera vez quiso ir donde él quería y no le resultó, ahora irá donde no quiere, otro lo llevará, es decir la voluntad divina de Jesús. Ya Pedro había aprendido la lección de humildad y plena confianza en Jesús. Jesús le confía para apacentar en su nombre, como cabeza de la Iglesia, los corderos (los apóstoles, es decir, obispos y sacerdotes) y las ovejas (todos los fieles laicos).

 

Dicho esto, añadió: “Sígueme.”  Jesús se da vuelta y comienza a caminar para desaparecer luego de la presencia de los apóstoles. Pedro entiende literalmente la palabra sígueme. Se pone a caminar detrás de Cristo. El discípulo amado no puede ver partir a Jesús, ¡siempre es poco el tiempo de la presencia entre los que se aman! Casi por instinto del amor que abrazaba su corazón va tras Jesús también. Aparece nuevamente Pedro con sus debilidades, no aprendía la lección. El discípulo amado venía detrás y“viéndole Pedro, dice a Jesús: “Señor, y éste, ¿qué?”. Jesús le respondió: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú, sígueme.” Tú sígueme. No mires a los otros. No te compares... de cada una de las almas pido cosas diversas. De un árbol pido la sabia del sufrimiento, de otros la fortaleza del tronco, de otros la frondosidad de las ramas o de las hojas, de otros la primicia de los brotes, de algunos las hermosas flores, de otros el sabroso fruto, de algunos la fragancia, a cada uno lo trato de diversa manera y le pido cosas distintas. Tú sígueme. Yo reparto los dones a quién quiero y como quiero. A unos llamo de un modo a otros de otro. Todos tienen mi infinito amor de forma diversa. A nadie trato de la misma manera, pero por todos muero de amor...

 

Jesús desaparece de la presencia de los Apóstoles. No es que se haya ido. Siempre está. Ahora no lo ven. Ya lo volverán a ver algunas veces más. Y ya llegarán a la playa definitiva del cielo donde los esperará con el banquete prometido para deleitarse con cada uno de ellos. Donde el tiempo no corre y el amor no cesa. Donde se enciende la brasa del amor en forma creciente y constate.

 

¡Oh Tiberiades! Poder estar allí... cuántos recuerdos... si por nosotros fuera, diría San Juan, hubiéramos establecido unas carpas para alojarnos y convivir con Jesús. Ya habíamos querido hacerlo cuando estuvimos en el Tabor quedando completamente extasiados del amor a Dios. Pero fue inútil. La tierra no es para descansar. No debemos establecernos ahora aquí. No es Tiberiades el cielo, solo un destello de esa gloria que un día aparecerá... Las moradas las ha preparado ya el Señor, por eso dijo que debía irse y preparar un lugar para venir luego a buscarnos y llevarnos con Él.

 

¡Oh Tiberiades! Anticipo del cielo...

 

Pbro. Carlos H. Spahn

 


CARTA A UN ALMA QUE DESEA A DIOS

 

Me viene el deseo de escribirte acerca del silencio interior. Todos los santos sen han visto atraídos por este misterioso silencio que envuelve a Dios y permite la transmisión de amor y de dones. En nuestra época se huye del silencio como de la peste. Se trata de buscar ruido y distracciones continuas. Ese silencio les parece eterno, absurdo y sin sentido. Hasta da miedo. Y, entre los buenos cristianos, muchas veces se confunde el silencio interior con la melancolía y el pensamiento encerrado en sí mismo.

 

Los santos buscaban y admitían la soledad pero ¡habitada por Dios!

 

Observemos a la Santísima Virgen en un momento de sagrado silencio. Dice, en efecto, el libro de la Sabiduría (18, 14-16): “Un profundo silencio lo envolvía todo, y en el preciso momento de la medianoche, Tu palabra omnipotente de los cielos, de tu Trono real, cual invencible guerrero, se lanzó en medio de la tierra destinada a la ruina. Llevando por aguda espada tu decreto irrevocable; e irguiéndose, todo lo llenó de muerte, y caminando por la tierra, tocaba el cielo.”

 

Esta profecía se refiere al momento de la Encarnación del Verbo.

 

“Un profundo silencio lo envolvía todo…” “en el preciso momento de la medianoche” ¿Qué hacía la Santísima Virgen a medianoche? Permanecía envuelta en el sagrado silencio donde anida el amor y la comunicación de Dios al alma. Ese silencio interior fue tan grande y tan extraordinario que Dios no resistió más, se lanzó como un guerrero desde el Trono de Dios para anidar en el corazón y en el seno de criatura tan hermosa. Y era Dios, ya que “…caminando por la tierra, tocaba el cielo” Dios y hombre verdadero. Fue la “Palabra de Dios”, el Verbo, el Hijo de Dios quien fue atraído como la tierra atrae el rayo. ¡Qué silencio! ¡Qué espectáculo contemplan los ángeles! Maravilla de la creación divina. El primer amor del mundo. ¡Qué silencio brotaba de ese corazón enamorado! Vivía envuelta en el misterio de Dios. Jardín cerrado para el mundo y abierto a los designios de Dios.

 

El alma que encuentra como la Santísima Virgen, ese silencio sagrado vive como si no hubiese en este mundo más que Dios y ella, para que no pueda su corazón ser detenido por cosa humana. Por eso, para el santo, este silencio no es fuente de tristeza, de temor o de desaliento; al contrario, él extrae de aquí toda su alegría y su paz. Porque el alma que está unida con Dios, el demonio la teme como al mismo Dios.

 

Hay una enseñanza muy hermosa al respecto, expuesta por San Juan de la Cruz. Habla del alma que debe vivir del silencio sagrado y lo compara con un pájaro muy común en España, llamado el pájaro solitario. Y describe a este pajarito dándole cinco notas que después las aplica al alma. Estas son:

 

  1. La primera es que este pajarito siempre va a los lugares más altos.
  2. La segunda es que siempre está solo, nunca está en compañía ni siquiera con los mismos de su naturaleza.
  3. La tercera que levanta el pico en el aire como recibiendo la brisa.
  4. La cuarta es que no tiene color (parecido al gorrión) se confunde con la naturaleza.
  5. Y la quinta que canta suavemente.

 

Así el alma enamorada de Dios debe ser como este pajarito solitario. Es decir:

  1. Elevarse siempre hacia lo más alto, sobrepasando las cosas transitorias de este mundo, sin apego, sin lazos que no le permitan volar.
  2. Debe ser tan amiga de la soledad, y de ese santo silencio interior que no la distraiga compañía ni cosa alguna.
  3. Elevando el alma hacia lo alto en busca de las santas inspiraciones del Espíritu Santo que, como suave brisa, la inunda, la guía y la transforma.
  4. Pasando desapercibida a las cosas del mundo, no llamando la atención de criatura alguna y buscando siempre la voluntad divina.
  5. Ha de cantar suavemente en la contemplación y el amor de su Esposo.

 

¡Cómo mendiga Jesús esos momentos para Él y sólo para Él¡ ¡Cómo quiere estar con su amada! ¡No quitemos las delicias de su corazón! Le dijo Jesús un día a Santa Teresa de Los Andes: “Yo no puedo vivir sin el amor de los hombres”. Hermosa frase pero terrible a la vez. Si Cristo murió es porque no encontró ese amor. Como los hombres no lo amaron murió. Y ahora, buscando consuelo ¿lo dejaremos morir otra vez?

 

Por último, en ese silencio donde Dios se deleita con el alma, aunque el alma no lo advierta debemos recordar una frase que también es de San Juan de la Cruz y dice: “Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo; por tanto, sólo Dios es digno de él”. ¿Por qué un pensamiento vale más que todo el mundo? Porque un pensamiento es un acto espiritual y todo el mundo es sólo material. Imaginemos lo que significa un pensamiento no cualquiera sino puesto en Dios. Y pensemos más, un pensamiento enamorado o lo que es lo mismo una contemplación amorosa en Dios. ¡Cuántas cosas no sabemos! ¡Cuántas riquezas en ese silencio que Dios pide!

 

Como la Santísima Virgen busquemos ese nido de amor en lo profundo de nuestras almas, donde se celebras las bodas entre Cristo y el alma.

 

¡Ave María Purísima! ¡Dios te bendiga!

                                                                   Pbro. Carlos H. Spahn

 


DE CORAZÓN A CORAZÓN

 

Toda la naturaleza está enlutada, oscuridad, truenos, temblores, viento. Una Cruz en lo alto. En ella un Corazón inflamado como a punto de estallar; Al rojo vivo y casi envuelto en llamas que, manando de su interior, van formándose suavemente; una fisura en el Corazón como de un labio, donde brota de adentro un grueso chorro de sangre, junto con agua. El chorro de sangre se diferencia del agua al inicio, luego se mezcla con la sangre. Ese gran chorro de sangre sale en gran cantidad del Corazón, que a pesar de salir tanto no parece se desinflame sino que, por el contrario, se inflama aún más en la medida que sale la sangre con el agua. Ese chorro de sangre con agua cae hacia abajo. De pie al pie de la Cruz hay una Mujer. El chorro de sangre golpea en su pecho y penetra en su Corazón por una fisura similar al Corazón anterior. Más abajo una multitud de hombres postrados en tierra. Ese chorro de sangre que pasa por esta Mujer sale de ella en forma de lluvia que empapa a todos los hombres. A cada hombre le llegan gotas de esa sangre con agua. A algunos les llega más que a otros. Pero al llegar al corazón muchas de esas gotas que quieren penetrar el corazón rebotan y caen en tierra. En otras personas, las gotas penetran como suave lluvia en campos fértiles y necesitados de agua. Es decir, en cada uno esas gotas de sangre producen efectos distintos.

 

Explicación

Ese corazón inflamado que está en la Cruz es el Corazón de Cristo Víctima. Está inflamado, a punto de estallar de amor. Quema, pero no se consume. Jesús tiene dos naturalezas, una humana y otra divina, es decir, obra como perfecto Dios y como perfecto hombre, pero es una sola Persona. Su única persona es divina, es la Segunda Persona de la Sma. Trinidad que asume una naturaleza humana. Porque Dios quiso amar al modo humano, sentir hambre, sed, cansancio, llorar, dormir, morir, etc. Ahora bien, como ese Corazón de Cristo es humano y es imposible contener todo el amor de Dios estuvo a punto de estallar en el momento más importante, el momento de su muerte en Cruz. En la Victimación se produjo el delirio de amor divino, hasta el punto de hacer estallar el Corazón humano de Cristo. Para que no estallara, el Padre dispuso que fuese traspasado, a fin de que, todo el amor del Padre pase por el corazón del Hijo, y para amar al hombre al modo humano. La sangre representa el amor y el agua la misericordia. Y también la sangre que sale representa la Eucaristía y el agua el Bautismo, que nacen del costado abierto de Cristo en la Cruz; y en esos dos sacramentos están representados todos los demás.

 

Ese chorro de amor divino que atraviesa el Corazón de Cristo pasa por el Corazón de la Santísima Virgen que, al pie de la Cruz, unida totalmente a la Redención de su Hijo, recibe en su corazón abierto por una espada de dolor (profetizado por Simeón), toda esa sangre y agua divinas y pasando por Ella llega a todos los hombres. Por eso, la Santísima Virgen es Mediadora universal de todas las gracias. Todo pasa por Ella. Esos dos orificios en sendos corazones hacen el recorrido del hombre hacia la Santísima Trinidad y sería: De la Trinidad pasa todo el amor divino por el corazón de Cristo y de Éste al de su Madre para pasar luego a los hombres. Este es el camino elegido por Dios. Los hombres deben hacer el camino contrario, desde su propio corazón, pasando por el corazón de la santísima Virgen y atravesando el Corazón de Cristo se llega al seno de la Santísima Trinidad.

 

Esa sangre que llueve sobre los hombres, producen frutos distintos. Duele ver cómo en algunos corazones directamente rebotan y esa sangre divina cae por tierra y es pisoteada. En otros las gotas llegan y no rebotan, pero tampoco penetran, quedan adheridas al corazón pero desde afuera. En otros penetra como lluvia temprana en tierra fértil.

Ese corazón divino de Jesús comenzó a latir al ritmo del corazón de su Madre. Ella le enseñó sus primeros pasos. Laten juntos, al unísono. Ambos corazones reciben abundantísima sangre y agua y no desprecian nada, reciben en abundancia el amor de Dios y es como que siguen siempre bebiendo sin cansarse. Y todo lo que reciben lo dan sin perder nada de lo recibido y sin que se agote este manantial.

 

¡Ave María Purísima!

                                                              P. Carlos Spahn